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Comunicación

Buscando a Ted desesperadamente

En mi continuo deseo de observar la vida en todas sus formas y disfrutes, el sábado pasado me encerré durante algo menos de 10 horas con una masa de desconocidos, juntados para la ocasión en la segunda edición de TedxCibeles. Que a pesar de su nombre se desarrolló a media hora motorizada de la plaza del mismo nombre, en ese curioso espacio llamado Teatro Goya (en lo que va a ser mi nuevo barrio: Madrid Río). El asunto no es otro que escuchar en simpática sucesión una larga serie de intervenciones (breves) convocadas para la ocasión bajo la franquicia TEDx con el lema de “compartir ideas que lo merecen”. Toda una institución internacional que lleva en activo un cuarto de siglo, y que en la era post-Internet ha converttido su sigla (Technology, Entertainment, Design) en un triunvirato que auna inspiración, descubrimiento, espectáculo y aprendizaje en una peculiar mezcla de stand-up comedy y sesión de venta pitching. Oh, vaya, ¿demasiados anglicismos para un sólo párrafo? Pues ahora os cuento lo mejor.

En todos estos años, en sus numerosos escenarios y gracias al efecto multiplicador de su franquicia (que permite a cualquiera – previa autorización – el uso de la marca, siempre y cuando se haga desde una entidad sin ánimo de lucro), han pasado algunas de las mentes conocidas más brillantes de nuestro tiempo, y otras miles perfectamente desconocidas… hasta que hablaron en TED. En su página madre, la videoteca de conferencias realizadas en cada sesión del mundo, se da cita el mayor proyecto audiovisual y de consulta de todos los tiempos… Y la lista de méritos es interminable. Así que, ¿cómo perderse una cita de este tipo?

Hay que advertir que el programa de conferenciantes ofrecía una prometedora (aunque decepcionante) lista de cuasi-desconocidos: ni tan siquiera en las actuaciones musicales (que en otros países ha contado con artistas como Bobby McFerrin o Reggie Watts). Pero al final te apuntas a estas cosas un poco para poder decir: yo estaba allí cuando el mundo descubrió al Señor X o la Señora Y. Lo que no me imaginaba es que la razón por la que no les conocíamos es que tal vezs merecían permanecer en esa sombra… ¿Exagero? Por supuesto: no hay mayor hostilidad que la decepción ante lo que prometía una buena juerga (mental).

Los TEDx son un signo de nuestra era: con poco tiempo para leer en nuestras estresadas e hiperestimuladas vidas, qué hay mejor que te cuenten “el libro”. Son lo que llamo un think-show. Unos buenos chistes, unas buenas fotos, un poco de emoción, un poco de drama, y mucho auto-bombo (a pesar de que no se pueda, nadie se cortó con la promoción). Mientras tanto, en las butacas, una cascada de emoción recorre tu espina dorsal, que va desde la inevitable envidia ante esos pocos escogidos (“que cabrón: tiene que ser genial estar allí arriba y ser adorado por todos como un becerro de oro…), la profecía autocumplida (“ya sabía yo que no iba a ser tan bueno”), hasta el odio gutural (“pues vaya mierda: este no  ha contado nada interesante”). Fases en las que participé a pies juntillas…

No voy a entrar en detalle singular de cada participante, en un menú abundante de buenas intenciones filantrópicas, revelaciones humanistas del tipo yo-era-un-mal-capitalista-y-ahora-salvo-pobres-en-áfrica, y mensajes de autoayuda liberal (si quieres algo puedes conseguirlo, lucha por tu sueño, convierte un problema en una oportunidad), pero nos faltó MUCHO. Faltó la chispa, la admiración, ese bigger-than-life tan del pensamiento show norteamericano; nos faltaron unos emprendedores de verdad, lejos de la hucha Domund y su número de cuenta; algo más que ese mini-Gore llamado Juan Verde que encima nos abroncó a un pequeño grupo en un corrillo improvisado por que sólo le “hablamos de problemas y no de soluciones”, de que llevaba en España “dos días y sólo oigo a la gente quejarse”. Nos faltó un espacio más amable en el que conocer y hacer conversación, más allá de lo que su anfitrión nos dijo molto vivace a mi compañero de jornada y a mí: “buscad a las chicas con vuestro mismo color y no perdáis el tiempo…”. ¿Meetic vs Tedx?  Faltó materia (gris) cuando, en resumen, los mejores momentos los vivimos – en pantalla grande – revisando vídeos fantásticos como el de Brené Brown y su “vulnerabilidad” (que lleva 3 millones de vistas en Ted.com), o Andrew Stanton.
¿Estoy siendo demasiado negativo? Para nada: me encantaron los detallazos como el catering vegano, conocer accidentalmente via Twitter a Javier Grasa de Winv, y en un tropiezo inmediato a Luis Ausín (con los que compartí bromas, opiniones y visiones – no necesariamente confluyentes – del mundo, así como una parecida sensación de desinflado). Me encantó pensar que si no nos gusta TEDx y pensamos que podemos hacerlo mejor basta con intentarlo. Me encató descubrir que, a pesar de haberlo contado de puntillas, lo mejor de la presentación de Catalina Hoffman fue que, en sus orígenes, al comercializar sus residencias para mayores y su método propio, todos pensaran que “el método Hoffman se refería a un señor”. Me encantó la sencillez y “al grano” del proyecto Teach A Talent de Nuria Pérez. Me encató la energía y pasión de Tony Chen con su concepto del “bottom billion” y su marca Movement 121. Me encantó la frase de Nikhil Goyal: “el futuro pertenece a los curiosos”, al hablar de la urgente necesidad de un nuevo tipo de escuela (laboratorio). Me emocionó la hazaña personal del venezolano  Maickel Melamed corriendo, a su paso lento por la parálisis que sufre, el maratón de Nueva York en casi 16 horas sin pausa.

Entonces, tampoco estuvo tan mal, ¿no? Pues como decía Paul Newman cuando le preguntaban sobre la fidelidad en su matrimonio, durante tantos y tantos años: “¿para que comer hamburguesa cuando tengo filete de primera en casa?”. Para ponerse a la altura de TEDx no basta con usar la marca: hay que cocinar de primera. Asú que enhorabuena por el intento, y sigan practicando por favor.

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