Sin palabras

Poco podía imaginar hace dos meses, cuando me arrojé voluntarioso a la escritura de un nuevo blog, que la realidad me iba a dejar mudo. No voy hacer aquí catálogo de obligaciones personales y profesionales que me han alejado del deseo firme de conservar una ventana de expresión personal como ésta. A veces el silencio te sugiere cosas que el ruido disfraza bajo el bigote falso de la actualidad. Pero en mi caso, la realidad cambiante, esa cascada de novedades, vidas y mundos que denominamos noticias (frente al modernismo puntilloso de los que prefieren hablar de comunicación), y ante todo ese instrumento umbilical con nuestro mundo llamado periódico, han sido desde mi adolescencia una fuente inagotable de interés, inspiración, curiosidad, deseo y aprendizaje. Hasta hoy. Porque ya no soy capaz de asomarme a la actualidad informada sin disgusto, tropiezo, desencuentro y, en resumidas cuentas, rechazo. Querido periódico: no hay quién te aguante.

No  nos equivoquemos: estas líneas no son un relamido ataque contra la pérdida de la objetividad de los medios actuales, la ruptura de la independencia, la conspiración de las grandes corporaciones, o clichés bien al uso. Para eso ya tienen ustedes otros blogs. Se trata más bien del desencuentro personal con lo que ha sido una constante regular en mi vida: la lectura del periódico a diario (sea en papel o en digital, gracias a la incorporación a mis hábitos de una tableta). El hastío, la tristeza que se ha ido depositando en lo que hasta ahora había sido una toma de posición ideológica ciudadana: mi obligación en el uso y disfrute del mi Derecho a estar bien informado. Y, ¿qué ha pasado para sufrir este desenamoramiento? Sencillo: lo que ha pasado es mi rebeldía a convertirme en la víctima que un grupo exasperante de gobernantes, empresarios, intelectuales, privilegiados y ladrones quieren que sea.

Abres el periódico en esta vida-crisis que se ha instalado en nuestra sociedad y, o no te quieres enterar, o todo lo que te llegan son insultos encubiertos. Hemos pasado de la crispación a la basuropatía. Nos encanta revolcarnos en nuestra mierda, o mejor dicho, que nos revuelquen. Porque ya no es que tengamos encima un  Gobierno incapaz de liderar, gestionar, anticipar o tan siquiera imaginar. O que les acompañe una oposición convertida en un bully de patio de colegio. Que nos estén dejando en pelotas para pagar a una pandilla de banqueros navajeros que se parten de risa con el pastón que se levantan les vaya mal o les vaya mal. Que vayamos de mal en peor, esto no hay quién lo pare o que estemos acojanados de convertirnos en Grecia. No: lo pero es que TÚ y YO tenemos la culpa de todo.

Nos hemos gastado la pasta que no teníamos, vivíamos y vivimos por encima de nuestra posibilidades, nos hemos comprado casas que no podemos pagar, nos tomamos vacaciones de lujo, nos tocamos las narices en el trabajo y estamos de cafés en el bar, tenemos los sueldos muy altos, la sanidad demasiado gratis, la educación regalada, los medios de transporte a precio de chiste, la cultura hipersubvencionada, los pensionistas viviendo a cuerpo de rey, los drogadictos de fiesta en las esquinas, las mujeres abortando todo el día, los gays de boda y adoptando hijos en frenesí, descargando películas ilegales todo el día, y evadiendo impuestos descaradamente.

Si al leer lo anterior tienes la impresión de que hablamos de otro país coincidirás conmigo que la realidad está distorsionada. Que ese no es mi país ni son mis ciudadanos, así que no tengo motivo para leer Las Noticias de Marte. Aquí los únicos  marcianos son los que abren la boca todos los días para acusarnos a los demás de su propia mierda. Bueno, ellos y los ignorantes que les han elegido, y aún les aplauden sus estocadas. Porque a mi alrededor veo gente responsable, trabajadora, sacrificada, comprometida, ilusionada con la ciudad, país, vida que han elegido incluso cuando las cosas van mal. A pesar de enterarse todos los días de que son los culpables de que todo se haya ido al carajo.

Va siendo hora de disculparse, cocineros de la realidad distorsionada. Una gran mayoría de personas de este país no defrauda, roba, se escaquea, como hemos visto hacer a políticos, banqueros, empresarios, y conocidos varios de entre las filas de estos insultadores salvatierras. Rectifiquen, y empiecen a dar las gracias a los que con su trabajo, dedicación y esfuerzo diario consiguen que este país no se vaya a la mierda en la que ustedes cohabitan. Tal vez con ese gesto recuperé la confianza en ese contenedor de palabras emocionantes que debe ser un periódico.

Foto: AtribuciónNo comercial Algunos derechos reservados por Darwin Bell

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