Gracias Woody

A los pocos instantes de salir de la sala de cine donde pude ver esa maravilla llamada To Rome With Love, ya hace unas semanas y en sesión golfa – la de las 4, que es la golfaina auténtica – mi deseo de agradecer a este genio el buen rato y medio que me había regalado era tal que podría fácilmente haber cometido algunas de las locuras banales que sus personajes realizan en esta deliciosa colección de episodios. Locuras acarameladas, de salón, al borde del escándalo, aniñadas y profundamente románticas, acunadas en esa mirada tierna, nostálgica, inteligente y optimista con la que Woody Allen sigue haciendo universales sus curiosidades, aprendizajes y patinazos en forma de un clasicismo cómico que apenas nadie más ejecuta en nuestro tiempo. Pero más allá de los argumentos cinéfilos o los análisis críticos con los que uno se pueda batir a favor o en contra de una película como ésta (parte ya de una involuntaria serie de peli-postales europeas adaptadas a martillo desde una escritura y humores netamente manhattanianos) hay que ponerse casi de rodillas para agradecer a este señor-factoría que nos siga dibujando sonrisas fatuas tan deliciosas, sin apenas pestañear.

No se trata solamente de disfrutar las variantes del estúpido ser humano enamorado, la felicidad del sexo bien hecho como otra forma (¿la única?) de amar, la adicción imposible del hombre hacia las mujeres que te complicarán la vida, y la inexplicable atracción de la fama por la fama, por nombrar algunas de las cuestiones que Woody Allen disfraza en las tramas episódicas de la que siempre sabemos es su penúltima película (rueda cada otoño sin excepciones). Los actores-estrella como Alec Baldwin o Penélope Cruz aceptan y dan lustro a sus apariciones fugaces; los intérpretes semi-escondidos como Judy Davis o Roberto Benigni resurgen con el mismo brío de antaño; y los nuevos pimpollos de Hollywood como Jesse Eisenberg o Alison Pill chisporrotean en cada plano que, imaginas, han paladeado derretidos ante los diálogos de la escuela Allen (los tartamudeos, las frases entrecortadas, los chistes para recordar). Por no hablar de una de las ideas cómicas más estrafalarias de los últimos tiempos: ese tenor insuperable que sólo puede ser un genio cantando bajo la ducha…

Te metes en la sala de proyección, en lo que para algunos sigue siendo un ritual insustituible de silencio, hipnosis, concentración, luz, sonido, intimidad, y a los pocos minutos una hermosa cadena de apaciguamiento, diversión, enamoramiento, recuerdos, sueños, va alimentando una sonrisa que es lo más preciado de este mundo. Probablemente la misma sonrisa que muchas personas se llevan a casa con Transformers, Resacón…, 007, Pixar, Crepúsculo, o la ultímisima de zombies. Pero me van a disculpar que bien lejos de lo que supone participar del milagro vivo de un señor con pinta grisáceo que ha despachado el mayor número de obras maestras de su generación, y que con la excepción de Scorsese, ha marcado el lenguaje del cine contemporáneo del mundo mundial. Por eso, queridísmo Woody, muchas gracias.

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