Realidades aumentadas en la Berlinale

Gracias a la gentileza de la Berlinale Talents, y en particular de Sebastián Gutiérrez, he podido pasar una semana larga de visionados en la edición de este año del Festival de Cine de Berlín,  o Berlinale para los amigos. El objetivo principal era sumergirme en la sección Panorama Dokumente, en ese festival paralelo que es Panorama (en el que se apiñan casi 70 largometrajes de ficción y documental). Accidentalmente me asomé a otras secciones, incluida la Oficial a Competición. Todo ello para descubrir que allá donde te asomabas flotaba un denominador común: la necesidad imperiosa de aumentar con todo tipo de recursos la visión de una realidad cada vez más compleja, troceada e individual.

Todo festival es un ejercicio de selección: la de los programadores y la del público, de las que finalmente saldrán premios e impactos. Los 16 largometrajes documentales de Panorama competían por un Premio del Público que se votaba tras cada proyección, hasta contabilizar los más de 31000 votos recogidos (para ficción y documental). Sin ánimo de polémicas debo decir que los votantes eran más bien pocos, y una gran mayoría de los espectadores salía escopetada a ver la siguiente película y lo normal es que te olvidaras (aunque nadie controlaba que votaras en otra proyección, incluso varias veces). En cualquier caso, no he visto la película ganadora, la suiza The Circle(Der Kreis), de Stephen Haupt, que evité por coincidencias con otras proyecciones y porque su temática (la crónica de una de las primeras comunidades de liberación gay del mundo, creada en Suiza a principios de los años 40) no me atrajo lo suficiente.

Hubiera sido muy ocurrente que la primera película documental del ciclo fuera la penúltima creación del duende de la fantasía y creación llamado Michel Gondry: Is The Man Who Is Tall Happy. Un experimento narrativo que mezcla una larga entrevista al intelectual norteamericano Noah Chomsky – conducida por Gondry tocando lo más personal, la mera curiosidad de fan y elementos profundos sobre la psicología humana – y una extensa animación stop-motion de dibujos realizados a mano por el director, utilizando una cámara Bollex de 16mm y un atril casero con los que trabajó una filigrana que le ha llevado 4 años acabar. Durante 90 minutos, en ocasiones densos y difíciles de seguir, Gondry intenta ilustrar las sensaciones animadas que le generan los numerosos temas tocados en dos entrevistas con el respetado escritor y académico. Un paseo que gana sus instantes más altos cuando el tandem intenta pelar cuestiones relacionadas con la percepción de la realidad, la inspiración o la empatía, que son tres de los grandes motores con los que el cine actual debe lidiar hoy a causa de la enorme transformación sufrida en la tecnología y la forma de comunicarnos. Un  experimento que acaba dejando tus pupilas tan agotadas como los golpetazos que el cine 3D propina tras dos horas de tortura multicolor… pero agradecido de que alguien como Gondry demuestre que hace falta muy poco dinero y muy poco ensamblaje técnico para contar una historia original. Se necesita sólo y como siempre un gran talento.

Y me ha parecido que el ejercicio de Gondry era un buen prólogo o declaración de intenciones porque si bien el equipo de Panorama avanzaba en el mes de enero que una posible temática para este año sería “Unfuck The World!” (uno de los gritos del movimiento Occupy Wall Street, tan bien plasmado en uno de los mejores trabajos de este año, el film Another World de Rebecca Chaiklin y Fisher Stevens), el cambio social y de nuestro tiempo reside en las dos terceras partes de los documentales de cualquier festival. Sin embargo, hay una ambición formal afilada en la manera de contar esos procesos, esos retratos o incluso el rescate de las garras del olvido que han movido algunas de las mejores películas de esta Berlinale.

Yo soy los efectos especiales

La frasecita del personaje Johnny Cage de los videojuegos Mortal Kombat es lo más alejado que uno puede pensar en relación a los documentales, pero es lo que podrían haber dicho los seductores protagonistas de películas tan diferentes como 20000 Days On Earth, Finding Vivian Maier y The Dog. Tres historias contadas en primera persona en las que la fuerza del yo, la sorpresa y los giros de trama dan pie a que sus realizadores audiovisuales saquen lo mejor del género documental en vuelo libre. Todo lo contrario de lo que lograba The Last Hijack (Tommy Pallotta y Femke Wolting), en la que las secuencias de sueños, recuerdos y especulaciones producidas en animación rotoscopia hundían al personaje protagonista y su propio recorrido humano como pirata somalí. Un aumento de realidad literal que ensuciaba el testimonio real de una historia contada desde el yo.

Mi favorita personal es sin lugar a duda Finding Vivan Maier (John Maloof, Charlie Siskel): una historia emocionante, dinámica, sencilla, humana que supera a Searching For Sugarman en el descubrimiento real de una fotógrafa magistral que falleció en el anonimato. Una niñera excéntrica, misteriosa, obsesiva, oscura que ocultó al mundo un talento como no se ha visto en el arte de las últimas décadas. Bastan tres minutos escasos de trailer y me entenderéis…

Una historia que ha convertido a su descubridor en un héroe, un albacea, y un excelente cineasta que condensa en hora y media un viaje lleno de emociones en la garganta, suspense, giros inesperados y una tremenda felicidad y esperanza. Justo lo que echas en falta tras largas horas de drama y penuria documentales (necesarias, pero agotadoras), y desde ya mismo un clásico del género para todos los públicos.

Y lo que en aquel es emoción y fascinación se convierte en carcajadas y asombro en The Dog (Frank Keraudren, Allison Berg), la historia completa del loco protagonista del film de Al Pacino Tarde De Perros. Un nuevo viaje novelesco, construido sobre diez años de entrevistas y producción, que te lleva de la mano de su desquiciado protagonista a tiempos, sonidos y vidas que nunca viste unidas en una misma persona.

El caso de 20,000 Days On Earth (Iain Forsyth, Jane Pollard) es peculiar, tratándose de una ficción documental en la que gran parte de las situaciones han sido dirigidas y orquestadas, para lograr eso sí un retrato fascinante sobre Nick Cave, a través de un trabajo de creación visual fascinante: incluso para alguien no interesado en este hipermelancólico histrión de rock and roll. El juego de aumento de realidades que cocina es algo más próximo al promo musical, pero los momentos de diálogo y recuerdos personales, o encuentros guionizados como el que protagonizan él mismo y Kylie Minogue, acaban documentando mucho más sobre Cave que cientos de entrevistas periodísticas…

Tropezando con las formas y soñando ficciones

Me han gustado mucho menos los artificios creados por Concerning Violence – con una más que cuestionable selección de material de archivo, y una tesis de partida trasnochada y algo sensacionalista – o Through a Lens Darkly (que abordando un tema de fuerza, el recorrido de los fotógrafos afromericanos en busca de un álbum intergeneracional a lo largo de siglo y medio, agota por su realización tosca y confusa, en la que los elementos personales molestan más que ayudan).

Pero como el cine es ante todo soñar (y no quiero dar sueño con este extenso post) quiero sumarme a la fascinación y euforia despertada por la inmensa Boyhood (Richard Linklater), una maravilla rodada modestamente durante 12 años (y sólo 39 jornadas de rodaje) para fotografiar los cambios físicos de los niños protagonistas en el viaje inventado de la infancia a la adolescencia, y la edad adulta, en un juego que usa guiños documentales, captura diálogos naturales y huye de giros dramáticos innecesarios, tal vez para recuperar una vez más aquello de que “la vida es lo que pasa mientras escribes sobre la vida”. Una arrebatadora experiencia que necesitaba ver al final de tantas y tantas películas (que en muchas casos dejo sin mencionar, como la divertidísima Güeros) y que no veo la hora de ver otra vez.

P.S: Que pena que los festivales no puedan ser un poco menos mercado, un poco menos feria y un poco más de pura celebración. Acudir como libero a un festival como éste, en el que yo ni vendía nada ni (casi) llevaba agenda de reuniones, y mi mayor aspiración era disfrutar libremente del lujo de ver y ser seducido por historias cinematográficas hermosas, debería ser tarea terapéutica de obligado cumplimiento para todos quienes nos ocupamos de contar historias en imágenes. Ser un espectador más y admirar el buen hacer de los otros. Si a ello le sumamos que mi döppelganger Másàjazz fue convocado para cerrar musicalmente los fastos del Talents, entenderéis que he disfrutado de lo lindo…

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