Cuatro libros de agosto

Releo ese título y no doy crédito. He sido capaz de leer cuatro libros en tres semanas de vacaciones. Teniendo además en cuenta que lo he hecho rodeado de superpoblación familiar y el ruido bacanal de una isla como Ibiza (ruido es gente, tráfico, colas, playas abarrotadas) será que algo hemos podido descansar… y tumbarnos. Os comparto algunas sensaciones a raíz de estas lecturas.

El primer libro que llevé a la isla estaba empezado: lo compré en Francia, en la estación de Montpellier. A diferencia de lo que muchos puedan pensar me gusta buscar libros en esas selecciones accidentales que son los aeropuertos y estaciones, sobre todo fuera de España. Je vais mieux (Ed. Gallimard, Col. Folio) de David Foenkinos (Estoy mucho mejor, en español) me llamó la atención por su portada (un hombre saltando en el aire, con la cabeza hacia atrás, sobre un fondo verde croma), un título positivo y la lectura de las primeras líneas. Al fijarme en biografía del autor descubrí que era el co-director (junto con su hermano) de una extraña e inspiradora comedia llamada La delicadeza que me había gustado bastante. Avanzadas cien páginas durante el viaje se quedó luego aparcado para su disfrute en la playa, porque algo me decía que sería un buen arranque de lectura bajo la sombrilla. Así ha sido. Para empezar es un libro en primera persona, estilo para el que tengo predilección en la narrativa contemporánea. Es una escritura directa, sin adornos, casi de bitácora, repleta de personajes vivos y cercanos y con un encadenamiento de giros dramáticos que la llenan de interés, sonrisas y entretenimiento. Tratándose de la crónica de un personaje para superar un grave dolor de espalda y el proceso de descubrimiento personal que vive entenderéis por qué es importante esa nota de estilo. Estoy deseando leer más libros de Foenkinos.

Siguiendo la máxima de Monty Python (…and now, for something completely different) mi siguiente lectura era con el pensador de moda en Europa: Byung-Chul Han. No tanto porque lo sea o por replicar a Žižek sino porque las ideas sueltas que había leído sobre su teoría me llamaban la atención. Así que, por alusiones a uno de mis vicios vitales, me decidí por El enjambre digital (Editorial Herder, 2014), que no es otra cosa que la incursión de este alemán de origen coreano en el territorio convulso de la cultura digital y su impacto en nuestras vidas. Poco más de cien páginas en las que, de manera muy escueta y a veces telegráfica, el autor apunta fracturas, contexto y consecuencias de la mal llamada revolución digital. ¿Es esto una lectura de playa? ¿Por qué no? No se me ocurre mejor lugar para leer filosofía que a pocos metros del agua, lápiz en mano (eso sí), y con el móvil a buen recaudo (juguete culpable, según este pensador, de ese estado de “autoexplotación” en el que vivimos lo seres digitales, inmersos en un tiempo humano en el que domina el trabajo, el presente inmediato, el individuo absoluto, o el rendimiento frente a la narración). Lejos de ser un apocalíptico y haciendo un esfuerzo didáctico inspirador para seguir explorando estas ideas este libro da ganas de releer inmediatamente y casi memorizar algunas de sus perlas antidigitales. Aunque luego las postees corriendo en Twitter o Facebook…

La siguiente lectura era otra reserva anticipada: la colección de textos periodísticos de Gabriel García Márquez publicada en dos volúmenes bajo el título de Notas de Prensa: Obra Periodística 1961 – 1984 (Biblioteca García Márquez, RBA Mondadori). Llámenlo homenaje privado o ajuste de cuentas, el caso es que releer al Gabo columnista es un acto de salud, sea cuando sea y donde sea. Porque más allá de los desfases de vigencia de algunos textos, pegados a la actualidad política de los primeros años ochenta, las columnas del maestro son un prodigio de lenguaje, narración, imaginación, amor por la profesión periodística y pasión por las letras. Porque no hay mayor acto de amor por la escritura y los libros que escribir con el respeto, pasión y corrección trasparentes con los que escribía Gabo incluso en su expresión más instantánea.

Finalmente, pescado en otro curioseo de librería en aeropuerto, rematé mis lecturas playeras con el archipopular Iain Banks y su libro póstumo, The Quarry (aparentemente sin edición española). Se trata de un autor que, si te interesa la lectura, te persigue por mostradores y librerías de todo tipo – sobre todo a raíz de su muerte prematura por cáncer el año pasado). Tiene una vasta bibliografía y logró amasar una fuerte popularidad en vida, gracias también a sus incursiones en la ciencia ficción. En mi caso decidí probar con su libro despedida por aquello de ir regresando en su obra (si me apasionaba) y porque su sinopsis prometía diversión bajo la sombrilla: “Un hombre moribundo y su único hijo. Seis viejos amigos. Una cinta de vídeo desaparecida. Y el reencuentro en una casa en ruinas al borde de La Cantera”. Casi 400 páginas más tarde no puedo estar más de acuerdo: eso es todo lo que pasa. De hecho es el único libro que estuve a punto de abandonar. Me cansan las tramas del estilo de películas como Reencuentro (The Big Chill, Lawrence Kasdan, 1983) o Los Amigos de Peter (Peter’s Friends, Kenneth Branagh, 1992), por muy bien recordadas que sean. Al libro, poblado de diálogos busca sonrisas, le va a tocar su adaptación cinematográfica (especulo). De nuevo es una escritura rápida, visual, bien aderezada a la hora de retrasar el motor de trama (una sex tape loca rodada por todos los amigos) y con un uso al límite del recurso de la primera persona (viniendo de un adolescente rarito que suena como un cuarentón). Como está feo (supongo) meterse con un autor muerto de éxito no sigo más. Estoy abierto a otro intento más con este difunto señor si alguien puede recomendarme. Mientras tanto, soñaré con otras vacaciones lectoras como este verano, y sufriré con mi ritmo interruptus de lectura, de vuelta al trabajo y la multitarea.

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