Cuestión de obediencia

obey your government
Foto: Justin Norman (Flickr)

Andan nuestros políticos muy dolidos. Se sienten acechados por la corrupción, el desencanto, la desconfianza y ese palabro tan conveniente llamado populismo. Se sienten preguntados, exigidos, observados y contestados por los ciudadanos. Pero les vemos empeñados en no hacer ni caso y seguir con lo suyo: desobedecer. Incumplir el contrato legal, moral y de trabajo, que les une al conjunto de los españoles como empleados públicos. Los ciudadanos, sus jefes, les estamos acosando laboralmente. Les pedimos cuentas, queremos que sean productivos, que no roben, sean respetuosos en sus centros de trabajo, cumplan sus horarios con flexibilidad (o sea, con más horas de las que marca su convenio), se apreten el cinturón y los salarios, y que se formen adecuadamente. Les pedimos que hagan lo que se les dice. Es lo que toca en este mercado de trabajo que jamás les pedimos que hicieran. ¿Qué les pasa a nuestros chicos y chicas? Lo han tenido muy fácil, les hemos dado todo y sólo quieren hacer lo que les da la gana.

Ojalá que nuestros representantes y gobernantes fueran solamente unos adolescentes atolondrados. Porque no tienen ni la edad ni la experiencia para justificarse. Su rebeldía y latrocinio ha llegado demasiado lejos y aún así continuamos escuchando la misma canción infantil: “pío, pío, que yo no he sido…“. Es más, nos acusan de pedir lo imposible, de ser injustos e ignorantes en todo lo que les demandamos, que se resume en cumplir aquello para lo que se les contrató y lo que haga falta mientras dure su compromiso legal. ¿Qué pasaría si cualquiera de nosotros, contratado para desempeñar una tarea profesional, incumpliera sus obligaciones? ¿Qué sucedería si un empleado rechazara rendir cuentas acerca del uso de los bienes y recursos de la empresa que le contrata? Pues es muy sencillo: se llama despido procedente. Que es precisamente lo que la sociedad está pidiendo a los gobernantes y partidos que desobedecen lo que los ciudadanos les piden, un incumplimiento agravado por el hecho de llamarnos idiotas al pretender saber más que ellos.

El pueblo es siempre un -ismo

Sería conveniente desterrar el uso del término populismo como se viene haciendo últimamente. Sobre todo cuando se refiere a esas cuestiones que supuestamente sirven para encandilar a los ciudadanos y votantes, con temas de justicia social, reparto de riqueza, servicios públicos, vigilancia de los poderes estatales o derechos civiles y humanos. El pueblo decide lo que es relevante en todo momento, cómo se debe hacer y quién debe hacerlo. Saltarse esa obligación, incluso de tapadillo, es incumplir el contrato por el que se les llamó. Despreciar las soluciones que los ciudadanos piden, asociados o no, representados o no, es un insulto al empleador.

No es populista pedir a nuestros representantes soluciones efectivas contra el paro, la desigualdad social, la corrupción, la sanidad o la educación; incumplen su contrato cuando no hay mejoras y la situación empeora. No es populista exigir transparencia y control ciudadano sobre lo que gastan sus representantes; es indecente y criminal ocultarlo, desobedeciendo a quién les contrata. No es populista erradicar los desahucios, la violencia machista y familiar, el fraude fiscal y la evasión de impuestos. Es incumplimiento no hacer la tarea que les pedimos. No es populista pedir dimisiones y cambio de gobierno cuando se miente en el programa electoral o se ejecutan acciones que no se anunciaron, sin contar con un apoyo mayoritario de la ciudadanía. No es populista implantar un sistema de consultas periódicas, inmediatas incluso, sobre temas que supongan un uso y deuda importante del presupuesto público, un cambio en derechos ya adquiridos (véase educación, sanidad, protección social) y un mayor control de los representantes.No es populista denunciar, como lo ha hecho la Unión Progresista de Inspectores de Trabajo, que se dedican más recursos a vigilar a los parados que reciben subsidio que al empleo fraudulento en empresas. Obedezcan y vigilen donde se les pide, como también se les pide que aumenten los recursos para vigilar el grueso de fraude fiscal en las rentas más altas. Y desde luego que no es populista y es más bien realista ahorrarnos el dinero de burocracias como las diputaciones y las secretarías, la compra de armamento y juguetes militares o los sueldos desorbitados como el Presidente de la Generalitat (145 mil euros al año) para mantener nuestra sanidad y nuestra educación pública-laica. Para que salgan las cuentas. Por citar ejemplos.

Vivimos un grave momento de corrupción, sobre todo dentro del partido elegido por mayoría en elecciones locales y nacionales, el Partido Popular, y las personas encargadas por ellos para administrar los poderes que les conceden los ciudadanos. No se distraigan y no nos intenten confundir. Queremos dimisiones, queremos soluciones. Y justicia. Toca obedecer a sus jefes: los ciudadanos. Lo contrario es incumplimiento de contrato y sin indemnización. Así de fácil. Da igual quién lo hizo antes, da igual que vengan otros ofreciendo escucharnos, y da igual que las cuentas de lo que Rajoy llama “barrenderos” no cuadren. Si populismo es escuchar y obedecer, latrocinio es desobedecer y enriquecerse con ello. Es fácil: obedezcan o quedan despedidos.

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