Oliver se despide

Ayer noche, mientras me recuperaba de un nuevo engaño en serie llamado The Honourable Woman me puse a hojear las noticias en cama, con los ojos cansados de pantallas. La realidad me reservaba un zarpazo de tristeza mezclado con un soplo de pura vida. Oliver Sacks se nos muere. Tras haber esquivado este punto final por un cáncer de ojo hace ocho años el contraataque letal se ha cebado con su higado de manera irreversible. Pero lo que trasciende el mero titular de muerte anunciada es la exquisita sabiduría con la que este neurólogo convertido en escritor de masas se despide, lleno de calma, felicidad, humor, agradecimiento por lo que él llama “un enorme privilegio  y una aventura”: la vida.

Puede que muchos de vosotros no sepáis quien es este señor con barba blanca de la foto, aunque seguramente conozcais una película llamada Despertares (protagonizada en 1990 por Robert De Niro y Robin Williams) inspirada en la historia real del mismo título escrita por Sacks en 1973. En ese libro y en los otros doce que Sacks ha escrito sus experiencias médicas, su recopilación de extraños casos se combina con una apasionada defensa de la vida de los enfermos, su constante lucha por adaptarse a una realidad limitadora que no signifique un final, su inagotable optimismo por los progresos de la medicina y la capacidad del ser humano para mejorar física y espiritualmente. Pero cualquier descripción de su trabajo empequeñece la experiencia emocionante que supone leer a Sacks, el empleo contagioso de un lenguaje que aúna la información científica con la vitalidad de un niño escondido en el cuerpo de un adulto. Quienes me conocen me habrán escuchado compartir algunas de las historias de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y Musicofilia, una y otra vez. Narraciones que sacuden los cimientos más sólidos de la compasión ante la enfermedad para convertirse inmediatamente en relatos esperanzadores y alegres.

En un maravilloso artículo de amable despedida publicado ayer en The New York Times el ánimo bondadoso y agradecido de Sacks se desata tras informar escuetamente de su irrevocable enfermedad terminal. Remitiéndose a uno de sus filòsofos favoritos, David Hume, fallecido a los 65 años a finales del siglo XVIII, el neurólogo agradece haber alcanzado los 81 años rico de trabajo y amor: además, “en esos 15 años extra he podido escribir cinco libros, una autobiografía y tengo unos cuantos libros más a punto de acabar”. Mientras que admite desconocer cómo va a limitar su vida esta fase terminal, puesto que no va a someterse a tratamiento paliativo, advierte que su vida no ha acabado. Las siguientes líneas no tienen desperdicio:

“Durante los últimos días he podido observar mi vida como si lo hiciera desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una sensación profunda de conexión entre todas las partes. Esto no significa que haya acabado con la vida. Al contrario, me siento intensamente vivo, y quiero y espero que en el tiempo que me queda pueda profundizar en mis amistades, despedirme de quienes amo, escribir más, viajar si me quedan fuerzas, alcanzar nuevos niveles de comprensión y percepción”

Releo estas palabras y me doy cuenta de que son mucho más que los últimos deseos y aspiraciones de un moribundo, son el testimonio de un amante de la vida que nos recuerda, amablemente, el inexplicable y maravilloso milagro de la inteligencia humana. Amar, aprender, explorar, compartir, viajar, aceptar, agradecer. Oliver, gracias por haber hecho de tu misma existencia el mayor de nuestros tesoros.

Foto: Mars Hill Church Seattle

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