Cantaditas con ritmo

Hay cientos de trabajos mucho peores que ser DJ. Pero el pinchadiscos, en España como en cualquier otro país con acusado retraso cultural y gusto por el descrédito, es un personaje que si preguntas despierta sonrisas de burla. A casi nadie se le ocurriría expresar de forma espontánea admiración, alegría, agradecimiento o menos aún placer por los buenos tiempos compartidos, por descubrir nuevas músicas, o simplemente pasarlo bien. Excepto en aquellos casos (hay pocas aquellas) que consiguen arrancar precios astronómicos en las entradas, ser cabezas de cartel en festivales de música y desatar descargas ilegales masivas con su estrellato. No necesitáis nombres: ya sabéis donde consultar. Incluso entre los creadores e intérpretes de música se ha mirado siempre a esta figura con desdén, hasta que se ven beneficiados del efecto rompepistas… El caso es que más allá de los djs estrella hay una pequeña legión de apasionados trabajadores que con conocimiento, entrega y persistencia llenan las noches de ocio nocturno con un ingrediente imprescindible: la música. Si cobran algo y pueden (mal)vivir de ello son incluso profesionales. Curiosamente la mayoría de los djs de mi entorno lo hacen como hobby o vicio personal. Pero el caso es que la democratización de máquinas, archivos y software para mezclar canciones ha traído un postre: nos ha hecho a todos djs y curiosamente algo más ignorantes, en fondo, forma y negocio. Me explico.

Cuando algo va mal en una reunión social aparece de inmediato un salvamusicas. Da igual que estés en tu casa y sea tu cumpleaños. Alguien sabe perfectamente qué canción poner y de paso te explica por qué lo que suena no es correcto. En los bares y clubes españoles aún sucede esto. Hombres y mujeres de toda edad y condición se acercan a las cabinas a explicar y pedir con vehemencia que se ponga el tema que quieren escuchar. Cuando el Dj se niega el enfado puede desembocar en quejas airadas con los camareros o incluso el jefe de sala. Pero es que los propietarios son parte del problema. No todos, pero haberlos haylos. Va una muestra, o dos.

A pesar de que me dedico a otras muchas lides suelo poner música en bares y clubes. Me gusta presentarme como dj accidental, que no deja de ser una broma para diferenciarme de un montón de gente que respeto en su buen hacer como selectores y discjokeys. Aunque ahora cualquiera pueda ponerse unos temas tirando de móvil, Spotify o YouTube, por no decir de un bien pertrechado MacBook Pro (aunque vaya repleto de temas pirateados), ser DJ es algo más. Pero intenta explicárselo a ciertos empresarios de la noche… Locales diseñados de postín, comida y bebida de primera, camareros de punta en blanco, y ni pajolera idea en equipación musical y menos aún música. Esto me ha pasado en dos ocasiones en el último año, pero con un poco de suerte no me pasará más al publicar esta historia.

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Más alto, más bajo, más cantaditas

En mayo y junio del año pasado me encontré involucrado con un local llamado Otto. Restaurante de lujo, celebrities, exquisita decoración y gestión desastrosa. Me invita un amigo a echarle una mano de vez en cuando, sustituirle y de paso arañar unos euros en mano, que no viene mal cuando tienes el vicio de comprar música bien arraigado, y aún viene mejor si tus clientes del trabajo de día tienen la mal hallada manía de pagar pasados los 90 días. Al final una cosa lleva a otra y me veo contratado de ley para animar musicalmente una zona reservada en la que los clientes puedan echarse unos bailecitos después de la cena, o de camino al tigre. Me toca aportar equipo porque lo único que tienen en un atril inclinado que se supone es la cabina es un cable RCA colgando de la pared. Es decir, lleva portátil, controladora, auriculares, música y además no se puede tomar ni cervezas. ¿La música? Mi colega me dice que tiene que ser house cantadito, sin ser comercial, pero facilón. Tras una primera noche en que apenas tengo media docena de personas en la zona reservada, y en la que intento desarrollar sonidos que vayan del funk, soul o disco a re-edits house de clásicos me dicen al día siguiente que hay que dar más caña. Textualmente “cantaditas con ritmo”. Debería salir corriendo pero soy un cobarde, encima todavía creo que podré llevármelos a mi terreno. Así, la noche siguiente triunfo con un grupo desbocado que no baila un sólo tema cantadito sino la música que yo sigo pensando debería sonar en esa zona: un menú hipercalórico de disco, soul y boogie. Pero a los pocos días surge un problema clásico: hay un vecino que protesta por el ruido que le sube de mi sala y deciden que la música tiene que estar bajita… Situaros. La zona reservada tiene una barra que sólo da tequilas, para que te tuestes bien a chupitos después de la cena, la música tiene que ser algo parecido a los recopilatorios de Beach House de Hed Kandi, el volumen bajito, la barra tiene que rular y la gente bailar como si estuviera en un club. De hecho, es casi imposible mezclar porque no tengo monitor y lo hago con la pre escucha de mi Z1 (juguetito imprescindible para tiempos de bares con RCA colgando). Paso aún varias noches de suplicio porque soy una zorra y el dinerito me viene bien, pero tras una velada en la que sustituyo a mi compañero de cabina en la zona de calle, donde todavía hay más líos con el volumen, y tras escuchar repetidas veces el lema de “cantaditas con ritmo” se acaba la fiesta y no sigo más. Cierto es que cada uno es muy dueño de tener la música que quiere en su casa, su negocio y su retrete. Más cierto es que los tiempos en los que el pincha era el experto musical se han acabado.

wolfComo no escarmentamos y no termino de encontrar mi sitio en Madrid – más allá de ese refugio de amigos y friendos que es Siroco, donde siempre me han tratado con cariño, respeto y sinceridad – hace unas semanas me volvieron a abducir. El antro se llama WOLF y algunos me habrán visto anunciarlo e invitarles a inauguración y varias propuestas de fin de semana. Pues pretenden sus patronos que en medio de una zona tan oxidada como la Calle Huertas y aledaños, paraíso de las copas 2×1, los chupitos y los grupos de turistas despistados, se pueda lanzar un Cocktail Bar de postín, en un semisótano a pie de calle, escasos 50 metros cuadrados, y un sistema de sonido deficiente, problemas de ruido con los vecinos, y un total desconocimiento de cómo atraer y cuidar a tu clientela con paciencia y criterio. Me piden que inaugure, que acompañe musicalmente las noches de los viernes y los sábados con buena música. De antemano explico que no soy Relaciones Públicas, que mi gente y en general toda la gente está agotada de los compromisos de cientos de garitos y fiestas que intentan que acudas cada fin de semana. Aviso que lo mío es la música, que la gente vendrá y repetirá si estamos a la altura, y que mis códigos de música son los que son. De paso aviso que la instalación  es mala, que deberían de comprar equipo, aunque sean unos Cdjs y una mesa, y que si llevo mi equipo les cobraré algo más (dentro de que la tarifa es bien baja). Mirando la foto de un lobo en su logo me acuerdo de la canción “habla chucho que no te escucho…”.

Tras una inauguración muy positiva en la que todo el mundo alaba la música, lo primero que me dicen es que no pueden pagarme la tarifa del viernes, y que tendrán que llamar a otra persona más barata. Les contrapropongo que al menos durante un mes, para darle identidad al sitio, hagamos un precio de viernes y sábado conjunto, veamos cómo avanza, y evitar que lleguen aficionados con temas ripeados a baja calidad, housete comercial, o vaya usted a saber qué. En realidad ya me han contado que un sobrino de no se quién puede venir (deduzco que gratis) y hay nervios porque no se factura lo que quieren… Las noches que yo he estado se ha hecho caja para pagar sueldos y algo más, pero no es asunto mío. Por si fuera poco les ayudo a dar contenido a fiestas, ideas de networking, quedadas de grupos profesionales, etc. Bien, ¿lo habéis adivinado? Hace un par de noches me cuentan que por un desacuerdo han echado a todo el equipo, incluido al dj. Supongo que Dj Sobrino se las pondrá crudas todas las noches y su pariente le pagará con copas o collejas amistosas… Me da igual. En estos tiempos te “yo te lo hago por la mitad” no me sorprende.

Todo esto para contaros que esto de ser Dj en España es un despropósito más, y que me enfada profundamente que se quiera engañar con mensajes de que “el Dj es la profesión del futuro” en academias como ésta, y emisoras de radio como ésta. Para contaros que he aprendido la lección, que me siento como Sailor en la secuencia de la Buena Bruja en Wild At Heart de David Lynch, y que no lo volveré a hacer.

Foto cabecera: MEN IN BEAT, Azlan DuPree. / Some rights reserved

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