El dulce aroma de septiembre

Ha empezado. Uno de los meses más hermosos del año, un instante fugaz de ilusiones, empeños, visiones, un trampolín prácticamente irrepetible para conectar con lo más profundo y el yo más exterior. Unos días que cierran y empiezan el verdadero año, el que siempre hemos tenido desde niños, con el fin del verano y el comienzo de otoño. Todo invita a renovarse o transformarse, sacudirse vicios  y embarcarse en nuevas aventuras. Por eso quiero empezar la temporada, vital, profesional, humana, pensando y compartiendo en estas líneas el ánimo positivo con el que quiero vivir hasta el verano de 2016. Eso sí: no hay septiembre sin agosto.

Porque he gozado de un raro privilegio: descansar y parar (casi del todo) en el mes de agosto. Tras más de un año de imparable actividad, en gran parte por el rodaje y planificación de mi documental Santa Fiesta, mi ánimo y mi cabeza necesitaban urgentemente otro ritmo. Más bien ningún ritmo, más allá del rumor de las páginas de lectura a la sombra, junto al mar, en silencio. Un extraño privilegio, vacaciones, para un autoempleado que realmente no puede permitirse parar, dejar de ingresar, gastar, que debe sin embargo dar gracias cuando existen tantos que no saben ni lo que es un trabajo ni lo que son las vacaciones.

Así que intentas ser responsable en tus decisiones mientras un cierto mundo se arroja lascivamente al despilfarro y el lujo. Intentas disfrutar del tesoro esencial: un rincón de arena tranquilo, a la sombra, mientras devoras páginas y páginas de lectura. Es el momento en el que aprovecho para terminar libros pendientes y atreverme con lecturas que, por su extensión, me resultan inabordables durante el resto del año. Pude acabar El impostor de Javier Cercas, el fascinante retrato de un mitómano buscavidas, un héroe hecho a sí mismo que en las manos de Cercas se convierte en un reportaje íntimo en el que se mezcla lo personal y lo colectivo. Navegué después en las procelosas aguas de Slavoj Zizek con Sobre la violencia, que lleva el acertado subtítulo de “seis reflexiones marginales” ya que la habitual cháchara metralleta de este filósofo transmedia no es un análisis muy ortodoxo, sino una colección de brochazos que abren y cierran ventanas, ideas, direcciones acerca de la tolerancia o la misma idea de la justicia social o corporativa, para identificar de manera muy combativa los verdaderos enemigos de nuestro tiempo, y la fragilidad del discurso político frente a los supuestos violentos, sean estos fundamentalistas, banqueros o antisistema (échale un buen vistazo en Scribd).

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Hubo lugar también para explorar tres libros de poemas de la norteamericana Mary Oliver (House of Light, A Thousand Mornings, The Truro Bear and Other Adventures), descubrimiento sin duda en su vertiente naturalista, casi de cuaderno de campo al hablar de los animales grandes y pequeños, como en la forma de construir sus reflexiones más íntimas. Una voz cercana en su tono que incluso me ha inspirado para volver a intentar el dificilísimo arte del poema. Pero mi gran desafío y triunfo ha sido leer de cabo a rabo las 902 páginas de Submundo, el libro montaña de Don DeLillo, que disfruté y odié a partes iguales, aunque uno deba hincar las rodillas frente al enorme talento para escribir de este veneradísimo autor contemporáneo al que difícilmente volveré, sobre todo porque en muy contadas ocasiones logró emocionarme, a pesar de llenarme la cabeza de imágenes y toneladas de palabras. Y es que leer sin emoción no es leer, más bien es sólo tragar.

Así que, por encima de wifis, redes sociales, Whatsapps y notificaciones en el móvil es posible vivir intensamente la lectura. Regenerarte por dentro y encender tu ánimo. Es posible llegar a este mes de septiembre con el apetito afinado para uno de los mayores placeres que existen, y por mi parte ya me he arrojado a una doble lectura: la biografía de Jim Thompson, Savage Art (de Robert Polito) y en formato electrónico (para mis cansados ojos nocturnos) En el momento del parpadeo, de Walter Murch. ¿Seré capaz de callar el ruido de tantas pantallas que me estorban en esta felicidad tan asequible?

Un verano sin sangre es posible

Mientras descansaba, trabajaba. Es inevitable, al encontrarme en pleno proceso de postproducción de Santa Fiesta y en gran medida con numerosas necesidades aún abiertas. Pero más allá de las llamadas, de los correos, de las entrevistas y las colaboraciones con programas como A Vivir Que Son Dos días, he podido observar día a día la enorme vitalidad que ha adquirido el debate sobre los festejos crueles. Porque el verano y agosto son períodos de máxima actividad, ya que la mayor parte de las fiestas patronales con tortura animal se realizan en verano. Y han sido semanas de ilusión ante un cambio imparable.

Aparecen más y más ayuntamientos que deciden cancelar sus festejos, las partidas municipales dedicadas al uso y abuso de animales, y se multiplican las corporaciones que deciden denominarse “pueblo sin sangre”, para que no quede duda sobre su posición ante los festejos crueles. Los taurómacos profesionales y aficionados se expresan con terror y paranoia ante lo que llaman una persecución, con espectáculos bochornosos como los del matador Morantes, que decide no matar en protesta para seguir matando…

Mucho va a suceder en este año escolar, y espero que la película Santa Fiesta contribuya al debate, la unión de fuerzas y finalmente la erradicación de estos festejos bárbaros, tal vez mediante un vuelco en las Elecciones Generales de diciembre de este año, y que tanto le está costando convocar a un Presidente Rajoy que sólo volverá a serlo si las masas taciturnas equivocan el tiro votando a los que ya se deberían renombrar como Ciudadamos. Si nos votas damos el gobierno al PP. Así que es tiempo de soñar con un país sin sangre en las fiestas, sin corridas, y sin PP. ¿Puede haber una alineación de suertes mayor en un otoño invierno?

Hay por supuesto otra sangre y otro dolor que ahora mismo está partiendo Europa en pedazos, y es el de los miles de refugiados que huyen y se arrojan a las fronteras de esta alianza de países vieja y oxidada, gobernada por ancianos de espíritu que ya sólo saben calcar decisiones de un mundo naufragado por su incapacidad. No han sabido anticipar esta fractura, no han sabido trabajar por la paz en su origen, no han sabido coordinarse ni entenderse porque son unos completos ignorantes de lo que los ciudadanos bien saben. La Unión Europea debe ser generosa, espléndida y rauda en la asistencia de quién lo necesita. Porque si miles de europeos han decidido espontáneamente contribuir con dinero y con su hogar para acoger a estas víctimas también lo deben de ser nuestros gobiernos. O sencillamente los reemplazaremos por aquellos que tanto teme la derecha rancioeuropea, los populistas que sencillamente somos nosotros, porque entendemos que hay dinero, capacidad y lugar para acoger a todos los Aylan de este tiempo. El sentido común es populista porque es del pueblo. Por eso mismo veo el aroma del cambio y el optimismo incluso en esta tragedia.

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La voz de mi rabia es la música de mi ilusión

En apenas tres meses de gobierno Manuela Carmena desata poderosas razones de futuro en mi ciudad, Madrid, un hermoso lugar que unos buitres sólo ven como una caja fuerte para el enriquecimiento personal. Abrir las noticias locales de tu periódico suena a ilusión, incluso a ritmo de arrestos y más arrestos corruptos. La ciudadanía está enamorada y en ocasiones me salto el runrún estúpido de Facebook para entrar directamente en lo que pasa con Carmena y sonreír como un adolescente por las declaraciones de amor en los comentarios de su perfil. Sientes ganas de aportar, trabajar por tu barrio, contribuir en tu calle, tu plaza, tu gente. Por eso, dentro de poco, voy a reactivar mi blog de barrio Puerta del Ángel para compartir las historias de la gente y la inspiración que se respira en este barrio ribereño, un lugar donde ya oigo el respiro de hermosas iniciativas para mis vecinos.

Septiembre es un mes de recuerdos y vivencias de verano que compartir, de nuevos aires y proyectos. Nos lo van a intentar estropear porque la desilusión es la gasolina de los tiranos. Sonreír y construir es el siguiente paso a nuestra indignación, y esto deber servir tanto en lo personal como lo colectivo. Pensar es la mejor protesta frente al entretenimiento basura, y pensar rima con apagar. Basta estar al aire libre y sin dispositivos para descubrir que somos mucho más felices apartados de nuestras pantallas. Al menos merece la pena vivir el experimento, debajo de un árbol en tu parque o paseando al final del día. Aléjate del gimnasio, las redes y baja a la calle: me verás pedaleando con cara de tonto, un tonto ilusionado.

 

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