Por qué sigo poniendo discos para bailar

Una de las cosas más importantes que me han sucedido en la vida es mi pasión por la música. Desde que hacia los 10 años empecé a comprar discos y buscar un gusto personal, no ha pasado un sólo día en el que no haya sonreído, bailado, aprendido, llorado, soñado, viajado y gozado de su compañía como lo que es: un misterio sobrenatural. Cuando aprendí a ordenar en secuencia una serie de canciones para emular lo que mi hermano había visto en películas como Fiebre del sábado noche, y sobre todo lo que sucedía en las boites y discotecas de Madrid (a las que él podía asistir y yo revivía a través de sus historias), cuando aprendí a “jugar” con los discos se me abrió el corazón a lo que ha sido una de mis mayores fuentes de felicidad. Así que cuando este sábado pasado inicié el proyecto de Boogie Down! la música me ha vuelto a regalar una cascada de alegría.

Es difícil hablar y escribir de algo tan básico, sencillo y sobrevalorado como pinchar o mezclar discos. En un momento en el que la combinación de software y el abaratamiento de todo tipo de mecanismos han hecho extraordinariamente accesible mezclar y producir música en directo, a lo que se une un acceso ilimitado a canciones a través de Internet (en gran medida de manera ilegal), ser dj tiene tanto misterio como preparar una buena tortilla de patata. Basta practicar un poco y el resultado será bastante aparente. Puede que eso no te convierta en la nueva estrella de Ibiza, o que jamás cobres una paga de más de cuatro cifras, pero ya puedes jugar. Ni siquiera hace falta que tengas buen gusto. Varias generaciones han tocado instrumentos como la guitarra o la batería sin talento alguno y se han dado casos de personas que incluso llegaron a vivir de ello. Si ahora es el portátil, las controladoras, y programas como Traktor o Serato es una simple evolución de los tiempos. Reduciendo todo al máximo si hay una audiencia hay un intérprete, un artista o un creador. Lo contrario es un maldito que ya sabemos que no es otra cosa que una cortina de humo para no aceptar lo evidente: el desencuentro. Y como toda cultura posmoderna que se precie el discjockey ha forjado un mito: el vinilo.

Soy parte de esa corriente mística, nostálgica, proselitista, engreída y mitómana que son los discjockeys de vinilos. Como soy un emigrado digital convencido también consumo, acumulo y ejecuto archivos invisibles que suenan y crean sesiones de música para bailar. He perdido el interés en el debate Vinilo vs Todo-lo-demás y un poco por cosas de la edad sólo me interesa pasarlo bien. Pasarlo bien y contagiar a otros y otras con las canciones que amo. Al final uno podría llevar la cuestión al límite y poner discos sin mezcladora ni más de un giradiscos para que existiera el necesario silencio que tenían los guateques entre un disco y otro. Espíritu que numerosas sesiones y clubes de estilos como el soul, el rockabilly o el jazz han querido recuperar en la incesante búsqueda por la autenticidad. Lo cierto es que juntarse en un lugar oscuro y acogedor, rodeado de amigos y amigas así como de perfectos desconocidos con los que compartirás tus temas favoritos, descubrirás nuevos himnos, flirtearás animado por una música caliente e inspiradora es una de las sensaciones de placer y diversión más grandes de cuantas existen. Si consigues ser el Maestro de Ceremonias y conductor de todo ello vas a pasar unas horas tocando el cielo…Boogie Down Blackwell

En los últimos meses he estado volcado en la que sin duda alguna es mi mayor pasión creativa en la vida, esa cosa llamada cine, y mientras buscaba un nuevo escondite en el que cocinar noches de disco, jazz y boogie – tras varios patinazos gordos que he compartido en este mismo blog – no he dado la espalda ni un segundo al placer táctil y sexual de escuchar mis vinilos, a veces arrancados tras horas agotadoras de escarbar en cajas mugrientas. Porque encima soy un comprador poco dotado para grandes desembolsos en rarezas y tengo mal oído para lo que no me emociona. En los últimos años he ido combinando mi nostalgia personal con tesoros accidentales o premeditados que me hipnotizan – en el caso del jazz – o me hacen golpear mis pies al ritmo y con cara de tonto (feliz) en el caso del disco, el boogie y el funk.

Como decía al principio este sábado pasado he comenzado un proyecto de noche de club llamado Boogie Down! en la sala madrileña Moroder. Era la primera sesión de este concepto y asumí la responsabilidad (y las horas de música) yo solo. Pero bien rodeado de gente amiga y desconocida que no paró de bailar, abrazarse, besarse, reír y al final vestir de alma y color una noche de meneos y juerga. Es obligado darles las gracias, aplaudir el buen sentido de anfitrión de Moroder (y sus capitanes Aníbal y Benito), y mirar ya hacia la próxima ocasión a la que si ninguna duda estáis invitados. Quizás aunque sólo sea porque la vida sin baile es un poquito menos vida.

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