El hombre que hablaba con los ángeles

 

Corría el año 1990 y un temblor de tierra sacudió mi mundo. Con 20 años ese mundo del que te hablo estaba poblado de todo tipo de seres, aromas, confusiones y mucha ilusión de vida que al final se traducía en una enorme curiosidad por todo, sobre todo por la música. Así que era capaz de combinar rock, rap, jazz, bandas sonoras o incluso lo que suele llamarse clásica (y que luego aprendería a diferenciar con el término de Música Antigua, más cercana a mis gustos). Estaba por lo tanto preparado para entender lo que suponía la aparición de una Integral de las Cantatas de Bach con la firma de Nikolaus Harnoncourt. De hecho, si no recuerdo mal, el topetazo llegó en forma de catálogo Discoplay, paraíso de los melómanos frikis allá donde los hubiera. El asunto era inalcanzable para mis bolsillos y sólo pude conformarme con la recopilación promocional (Aires de Gloria, en 1994) que acompañó aquella demoledora caja de 83 cedés. Y como todo amor imposible, se me quedó encima una secreta obsesión que intentaba apaciguar con adquisiciones parciales, sobre todo en mis años de vendedor FNAC (gracias a las recomendaciones de mi infatigable compañera Susana Carré, de quién aún conservo algunos tesoros harnoncourtianosMusic At The Court of Mannheim, Dido And Aeneas, Bach Violin Concertos -pillados al vuelo raso de su paso por tienda). Y donde hubo obsesión a veces queda una imborrable admiración, que es la que siempre he tenido por  este austríaco amable, elegante, tranquilo, humilde y apasionado al hablar de sus ídolos y promulgar el amor por una música que nunca debe ser elitista.

Se ha marchado Nikolaus a los 86 años con un legado sobrecogedor que llenaría varias vidas de escucha exclusiva, y al que acababa de añadir su última grabación (hasta la fecha): las Sinfonías 4 y 5 de Beethoven. Dedico un tiempo de esta mañana a escuchar sus discos, sus palabras (como en esta maravillosa entrevista para Music Matters, de la BBC en 2012), curiosear sus vídeos, brillante incluso en la promoción (de su caja Schubert sobre grabaciones y actuaciones con la Berliner Philarmoniker expresando que Schubert es “la sustancia de la vida”). Todo es alegría y paz en este berlinés austríaco que destruye cualquier prejuicio sobre la frialdad de espíritu en los europeos del norte. Parece un buen pastor escapado del cine de Dreyer o Bergman, un profe de instituto, el vecino que te sujeta la puerta al pasar y el ciudadano que protesta suavemente sobre un autobús con retraso. Lo digo en presente porque es vida en su máxima expresión, incluso mística, ya que al igual que su amado Bach, te hace pensar que si existe gente así haciendo música al Todopoderoso puede que si que haya Dios después de todo…

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