¿Cómo hacer que esta lucha te importe?

Cientos de miles de personas, millones en todo el mundo, encaran la insondable tarea de trabajar por el cambio social, por la justicia, la igualdad, un mundo mejor. A menudo utilizamos el término activismo para identificar aquellas personas que han decidido involucrarse, actuando, desde el sacrificio y la dedicación personal y algunos incluso desde su trabajo profesional. Se han acuñado denominaciones desafortunadas como el Tercer Sector (¿quien decidió los puestos primero y segundo?) y los ciudadanos solemos meter todo en el mismo saco hablando de ONGs. Pero al final nos referimos a una especie de élite o clase social nueva, una cambiocracia (dicho esto sin desprecio alguno) que ha interiorizado, casi hasta la enfermedad, lo que el resto de la sociedad ignora o acepta con fatalismo. Les hemos descargado en sus espaldas la responsabilidad de recordarnos y movilizarnos en todo aquello que la politocracia intenta tapar o disimular. El cambio climático, los refugiados, el hambre, la igualdad de género, la infancia, la salud, la educación, los Derechos de los Animales…

Pero, ¿cómo responder a lo que se nos exige como personas en todos estos frentes? Y más aún, ¿cómo podemos sumar a los demás en todo aquello que nos afecta, conmueve y moviliza?

Desde que Santa Fiesta se estrenara públicamente en mayo del año pasado hasta hoy hemos superado las 30 proyecciones con debate posterior entre público y expertos varios. Las conversaciones arrancan con el sabor amargo de las imágenes de la película, desde la rabia incluso, y a menudo se puede detectar una atenta minoría en la sala: el público objetivo, la gente (normal). Los forjados activistas, sin embargo, se manejan en estos encuentros con el conocimiento de la lucha verbal continua, la calle, la presión que sufren no exenta de desprecio. Los demás se quedan mirando desde la acera antes de cruzar. No son héroes y sienten los pies pegados al suelo. Escuchan con atención, a veces encogidos, en una mezcla de curiosidad, timidez, aturdimiento, pero expectantes de que una mano tendida les invite a sumarse al cambio. Porque es indudable que sin cambiar uno mismo no hay forma de cambiar todo aquello que sentimos como injusto, doloroso, amenazante. Por mi parte, parapetado en mi verborrea y argumentos intento tapar mis dudas: ¿puede una película documental contribuir a este urgente viaje al centro del ser humano ?

En uno de estos encuentros-proyección coincidimos en la mesa Juan Carlos Monedero, Ruth Toledano y yo mismo bajo la moderación del gran Dani Cabezas y su programa La Ciudad Secreta (en Darwinians Radioaún puedes escuchar el programa). En la conversación Monedero llegó a decirme que mi película no servía para nada porque llamaba tonto al espectador, dejándole sin salida al no mostrarle soluciones al problema. Mientras tanto, hace unos días – y a su paso (engañado) por los Premios Goya – Ken Loach comentaba que una película solamente puede sumarse a la voz y protesta de la gente, como uno más. Mi “verdad”, como también me restregaba el fundador de Podemos, es por defecto la de un tipo que hace cine. Como el maestro Ken. Por eso tal vez uno se da cuenta de la narrativa que funciona y la que necesita reescribirse.

Así que cuando me acuerdo intento acabar estos encuentros con una llamada hacia lo que me atrapó, impulsó y me ha abrazado para siempre con los animales. Nuestra humanidad compartida, nuestra enorme sensibilidad aunque hablemos idiomas distintos. Nuestro apego indisoluble a la vida que tenemos y a la que generamos en nuestras crías, terrícolas todos. El tesoro de habitar el único paraíso que existe, este planeta azul que tomamos prestado mientras respiramos. La responsabilidad de apoyarnos y proteger los seres más débiles, en su desigualdad de género, economía, raza, o especie. La interconexión infinita de todas las libertades, de pensamiento, acción, vida… No hay bandos, no hay trincheras. Ser activista es ser humano porque no participar y no comprometerse escupe a la misma condición de humanidad. Ser activista a la carta no existe porque no puedes amar al refugiado y permitir la explotación y muerte de los animales. Como no puedes defender la libertad de una parte de tu cuerpo y torturar la otra. La libertad y justicia son lo que te hacen extraordinario: es sencillo.

Hoy mismo, como cada día, como cada semana e instante de sus vidas, gente ordinaria está haciendo cosas extraordinarias para forjar el cambio que nos hace humanos. Haz que se sientan importantes con tu respeto, tu amor, tu compromiso. No hay lucha mejor como no hay vidas superiores, porque a todos nos une la causa más importante: la vida. Si cierras los ojos, o si los dejas bien abiertos, estoy convencido de que como yo mismo sabrás la respuesta a esa pregunta tan difícil: ¿qué puedo hacer yo? Hazlo.

Foto: Jerry Kiesewetter.

 

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