La cruda bestia humana

cubierta_evariste.inddEste verano una recomendación en la Biblioteca Vargas Llosa de Madrid puso en mis manos un libro espectacular, duro, estremecedor, hipnotizante y de alta literatura. Se trata de la novela Reino Animal, de Jean Baptiste Del Amo (Editorial Cabaret Voltaire). Un viaje de 500 páginas a la vida salvajemente cruel de una familia de granjeros dedicados a la crianza y explotación de cerdos, que a lo largo de casi 100 años esculpe en palabras desnudas y sin piedad el proceso desalmado de violencia y aniquilación de todo rasgo humano que un grupo de seres condenados vive  por su ambición y el destino que les ha tocado en su pedazo de mundo. Es una espiral sin descanso que contiene pasajes descriptivos, casi periodísticos, del día a día de tantas y tantas granjas explotadoras de cerdos, con la fuerza de un documental activista, sin tratarse de un volumen de literatura animalista. En una especie de vuelta de tuerca a Cien años de soledad, esta familia va cayendo más y más hacia una condena total por su explotación animal, en la que ellos mismos son víctimas cruentas de una condena espiritual en la que ni siquiera los inocentes niños de la historia logran escamotear.

En ocasiones, la capacidad del autor para sumergirnos en la escena es tan intensa que te descubres apartando el libro de ti, con el estómago revuelto (como sucede en toda la descripción de los procesos de embarazo y parto de las cerdas, con especial detalle al desecho de abortos y restos animales). Aún así, vuelves hipnotizado y sobrecogido ante el destino que irremediablemente espera a esta familia víctima de su propia supervivencia salvaje.

“Las naves de la pocilga se convierten en una estufa que las noches no consiguen refrescar. Los cerdos no sudan y regulan la temperatura con dificultad. Como no pueden revolcarse, jadean penosamente, tendidos en el purín, apáticos. Los hombres, que se han levantado al alba, les dan de beber, los rocían con el chorro de agua. Abren de par en par las puertas de cada edificio para que una posible corriente de aire venga a expulsar la humedad y el hedor ambiente, pero entonces tienen que vigilar a las moscas y los tábanos que penetran dentro y sobrevuela en nubes las celdas, aglutinándose en los orificios de los animales. Antes de que amanezca tienen que volver a cerrar las puertas…

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“…las cerdas gestantes están en unas celdas estrechas de suelo enrejillado, atadas con fuerza para limitar sus movimientos y evitar que aplasten a su progenitura. Algunas paren de pie, dejando caer a sus pequeños como mojones en el suelo duro; otras, convulsas por las contracciones, consiguen arrodillarse y echarse en el sitio, con el culo que sobresale por fuera, como medida de higiene…”

Es como digo una lectura muy visual, muy sentida, que a veces te atrapa en una pesadilla que no puedes esquivar por la hipnosis de imágenes y palabras.

“Porque todo, en el mundo cerrado y hediondo de la pocilga, no es sino una inmensa infección pacientemente contenida y controlada por los hombres, hasta la osamenta que el matadero regurgita en los supermercados, lavada incluso con lejía y presentada en cortes sonrosados embalados con celofán en bandejitas de poliestireno de un blanco inmaculado, y que llevan la invisible mácula de la porqueriza, ínfimos rastros de mierda, gérmenes y bacterias contra los que han entablado un combate que, con todo, ellos saben perdido de antemano…”

Leed pues esta obra que, además, me ha descubierto un tipo sin escrúpulos en el uso de una arma terrible: la palabra.

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