¿Es mi documental de impacto?

La alianza entre ciudadanía, activistas y cineastas ha venido para quedarse. El término “documental de impacto” ha pasado de ser una tendencia de moda a un discurso en boca de todos los grupos de interés que han tomado el compromiso de trabajar a favor de la igualdad, contra la opresión, y en favor de los Derechos Humanos y las libertades civiles. Pero esta consolidación no viene libre de confusiones, sobre todo en un ecosistema tan dañado y confuso como es el audiovisual español. ¿Qué es un documental de impacto? ¿Son las historias de denuncia o investigación suficientes para bautizar un documental como tal? ¿Es imprescindible que sean producciones independientes o pueden ser trabajos comisionados desde un canal de televisión o plataforma como Netflix?

Ya sea como productor y director de cine, en las sesiones de formación que imparto, o desde los encuentros DocImpacto (creados y promovidos junto a la agencia Las Espigadoras y que este año vuelve a Another Way Film Festival) me suelo plantear y replantear este (a veces) aburrido deber de definir y fijar. Esto se complica aún más cuando surge la necesidad de hacer listas, programas de visionado o ciclos. Peor aún cuando puedes poner cara  y relación a algunos de los responsables detrás de excelentes documentales que, por desgracia, no son de impacto. Es más, ¿puedo incluir sin lugar a dudas mi propia película Santa Fiesta en este altar reputacional?

En la primera edición de esta idea llamada #DocImpacto (durante la XIV edición del festival DocumentaMadrid) pudimos poner los puntos sobre las íes gracias a la excelente conferencia de apertura de Paula Vaccaro (Pinball London). ¿No estuviste? No sabes cuanto lo siento porque el centenar de asistentes pudimos inspirarnos, aprender y conectarnos para lo que sin duda palpita dentro de todo esto: la alianza. O lo que yo mismo uso como leit motiv: no estamos solos.

Paula Vaccaro en DocImpacto, 2017

El mismo término del impacto puede manosearse casi con perversión. En las agencias de marketing (ya saben, esos lugares que trabajan para que otros vendan más, aunque piensan que son un grupo de artistas hippies) el impacto es sobre todo su traducción en dinero. El famoso ROI (return of investment), la conversión, o lo que viene a ser la justificación de tu sueldo y todos los demás. Si no aumentan las ventas tus ideas valen más bien poco, tan poco como tu puesto de trabajo.

El impacto social es otra cosa, y no se trata de medición de audiencias. Este último asunto es cosa de las televisiones, que les preocupa no tanto por la aceptación de sus creaciones sino por el potencial de éxito económico que les traerá gracias a las pausas publicitarias. Dice una de mis frases favoritas que “la televisión es lo que queda entre la publicidad” (¿alguien recuerda el autor de esta cita?). El impacto social, no sólo de las películas documentales sino de nuestro trabajo, nuestras acciones, nuestra vida es elevar el grado mínimo y pasivo del impacto. Cada día recibimos miles de impactos de comunicación y la mayoría de ellos no consiguen acción, la clave de todo esto. En fin, los enamorados de la publicidad defienden que si un anuncio es bueno el impacto se traduce en ventas. Sin embargo, este oficio viene demostrando en los estudios que la mayoría de los impactados recuerdan la historia pero no el producto. Lo que explica la caída libre de la publicidad al folleto puro y duro. Otra frase, esta del gran Don Draper (Mad Men) resumía la publicidad en dos tipos de mensaje: “nuevo” y “oferta”.

Pero hablemos de documentales, ese arte narrativo maravilloso que jamás debería perder su rebeldía, libertad, independencia y servicio público. Aunque, es cierto, resulta maravilloso disfrutar de historias reales que simplemente son entretenidas. ¿Simplemente? Hacer un documental ligero, entretenido y emocionante es más difícil que cualquiera de esos blockbusters de feria que inundan las pantallas actuales. ¿Por qué? Porque no puedes (¿Debes?) hacer trampas. La realidad ya ha escrito la historia: solamente debes ordenarla de una manera que apele a esa cosa llamada EMPATÍA.

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DocImpacto II, en Another Way Film festival.

Todos los enamorados del documental de impacto nos arrodillamos una vez al año y rezamos en dirección a Londres, a la DocSociety y sus eventos Goodpitch. Es broma, pero siguen siendo de agradecer el gran trabajo que se hizo desde BritDoc y su ImpactGuide. Aunque como somos puntillosos y latinoamericanos (incluso en España, sí),  a veces nos gustaría ser más diversos y no convertir este fenómeno en otro caso de pensamiento único anglosajón (algo que solamente está en nuestras manos hacer realidad). Existe en ese sentido abundante material online, libros, informes, que pueden ayudarnos a delimitar y comprender este asunto de identidad y género (cinematográfico). Es sin duda una de las tareas que buscamos en DocImpacto y en la Red de Productores Iberoamericanos de Impacto.  Pero no me gustaría acabar sin hacer un breve listado (útil) de lo que hace o no hace que un documental sea de impacto, citando el trabajo realizado desde el Center for Media & Social Impact (y su informe Assessing the Social Impact of Issues-Focused Documentaries: Research Methods & Future Considerations de Octubre de 2014). Muy bien, diréis, pero seguimos sin entender cómo sabré si mi documental es de impacto. Cierto es que, siendo cínicos, se podría responder que si no lo sabes es porque directamente no lo es… Retomemos lo del impacto ACTIVO. En una idea sencilla: al recibir una historia has sentido una fuerza interior que te ha obligado a levantarte de la silla, buscar más datos en Internet, apuntarte a un grupo de comunicación, salir a la calle a protestar, enviar dinero a una causa… Pues ha sido de impacto. ¿Exagero? Si fuera así, cada noticia de los servicios informativos nos pondría al borde de la revolución. Pues sí: quizás debería, pero aquí es donde entran los llamados documentalistas (que poco me gusta este término), o los cineastas de documentales. No basta con contar lo qué pasa con claridad, concisión y corrección. Un documental se hace para movernos y emocionarnos. Con muchos más elementos que lo que Carl Bernstein llama “the best obtainable truth” (la mejor versión de la realidad). No basta con informar: un documental de impacto busca explícitamente generar un efecto, quiere influirte, incluso cambiarte. Esto sería un pecado mortal en el periodismo, pero esa es otra historia.

Por todo ello, un documental de impacto:

  • establece objetivos claros: realistas y vinculados a la narrativa y las necesidades del movimiento que presenta (educación, concienciación, medidas políticas…).
  • diseña un plan específico de comunicación que no se limite a la promoción de la película sino a la conexión de comunidades y activistas online.
  • es flexible a la hora de incorporar nuevos socios que ayuden a implementar la acción y diversificar los temas del film.
  • cuenta con un nivel apropiado de alianzas con organizaciones que ya trabajan con audiencias vinculadas y comprometidas, consintiendo el uso de la película por estas organizaciones.
  • posee un nivel suficiente de conocimiento y recursos en todos los aspectos de gestión, técnicos, financiación, distribución, etc.
  • tiene un calendario claro y definido para todas las fases de explotación y difusión
  • maneja un plan para el seguimiento del impacto en cuanto a los objetivos  específicos de la campaña.

Y, ¿es necesario tener todos estos determinantes? Por supuesto que no: solamente es imprescindible y aproximativo a partes iguales. Hacen falta aún más cosas y seguimos aprendiendo en cada paso y cada momento de nuestras películas y el trabajo de todos y cada uno de los talentos detrás de tu documental. Lo que sí sabemos es que la ciudadanía decidirá con su acción si fue o no fue impactada.

La tercera edición de DocImpacto se celebrará el 5 de octubre en el marco de Another Way Film Festival (Madrid).

*imagen de cabecera: Far From The Tree

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