La doble traición

Nos hemos pasado media vida laboral escuchando que somos todos un equipo, como una familia. En ocasiones quisieron convencernos de que no hacía falta tener elecciones sindicales, representantes, comités de empresa, hacer huelga, salir a la calle. Casi nos convencieron de que las cosas hay que resolverlas en casa, en familia… la del trabajo. Tu sueldo, las vacaciones, la promoción interna, mejor pactar en la intimidad porque nadie te conoce mejor que tu jefe, tu compañero, tu empresa. Porque, cuando las cosas se ponen feas, tu empresa, tu empresario, no son los malos de la película sino todo lo contrario: tus nuevos padres. Hasta que despertamos. Y no hizo falta estornudar mucho, porque nada más ponerse un poco feo, en cuanto aparecieron las nubes de la epidemia, el cerrojazo fue rápido y a tu casa. No ha hecho falta ni una semana para poner a media España en la maldita calle. Ha sido la puesta en escena de una traición como no habíamos visto nunca.


Si lo piensas un poco, pasaron segundos desde que empezamos a hablar del teletrabajo hasta que nos explicaron que te ibas a casa sin fecha de regreso, sin nómina, sin nada. El efecto dominó pasó de empresa a empresa, y de repente hasta los más afortunados y preparados para trabajar con seguridad en casa fueron recibiendo el aviso: despedido sin fecha. Ah, claro, técnicamente lo llamaron ERTE pero corporalmente se sintió como una puñalada trapera, en la espalda, separando primero a los trabajadores y avisando después del cierre. Porque, vamos a ver, ¿no se podía ni siquiera respetar los 15 días del estado de alarma? ¿No se podía respetar el puesto de trabajo lo suficiente para cumplir el mes de marzo y negociar después? ¿No se podía tan siquiera convocar una reunión con los trabajadores, plantear rebajas o fraccionamiento de sueldos para seguir en activo? ¿Tan implanteable es mantener empleo y sueldo, de tu gente, tu talento y plantilla, ante una circunstancia de emergencia tan grave y sin precedentes? Admítelo, tu empresa amiga, te ha traicionado. Pero no son los únicos.


Nos hemos traicionado a nosotros mismos, a nuestros mayores y sus luchas para proteger el empleo, la familia, nuestro futuro. Nos han borrado del mapa, mandado a casa, sin rechistar, sin ruido, creyendo que cuando todo esto pase recuperaremos empleo, derechos, salario, antigüedad. Y no va a ser así. ¿Es casualidad que todo esto se haya hecho cuando aún no había dado tiempo a revocar las partes más duras de la reforma laboral rajoyana? ¿Pecamos en exceso de desconfiados olisqueando un oportunismo sucio para volver a ajustar plantillas y sueldos? ¿Honestamente pensamos que todos y cada uno de nosotros volveremos exactamente allí justo donde paramos? Las puñaladas han sido rápidas, certeras y colectivas. Todos tus esfuerzos y compromisos, tu lealtad y espíritu de equipo se han ido por el inodoro cuando ha habido que eliminar puestos de trabajo. Nadie levantó la mano y dijo: “podría enviaros a todos a casa pero vamos a mantener los sueldos y los empleos hasta que se resuelva, y luego haremos los sacrificios necesarios para volver a seguir en pie”. ¿Alguien en la sala? Me encantaría saberlo. No soy ingenuo y entiendo que el frenazo en algunos sectores era irremediable: sin actividad, sin ingresos. Pero, ¿no había otra manera de protegernos y realmente ser colaborativos, ser equipo, ser familia?


Algo me dice que esto es el primer episodio, porque al despertar de esta pesadilla, cuando apenas haya trabajo y no podamos regresar allí donde estábamos volveremos a traicionarnos. Luchando entre nosotros, aceptando lo inaceptable, pagando por trabajar, bajando la cabeza y recordando que si no eres capaz de ser leal a ti mismo traicionarás absolutamente todo y a todos. Primero el shock, después la guerra social.

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