En una gélida mañana de diciembre del 2004, la Academia de Cine nos había convocado a unos cuantos a la lectura de Nominados para la XIX Edición de los Premios Goya, en la Casa de América. Yo me encontraba allí por doble motivo: mi cortometraje Aerosol, y la producción que habíamos puesto en pie desde la asociación DOCUS MADRID, como respuesta a los atentados del 11 de marzo: Madrid 11M. Todos íbamos en ese tren. Dos documentales, y en el caso del film colectivo un trabajo mastodóntico que había supervisado, involucrando decenas de talentos, técnicos y empresas. Pensábamos que, siendo un homenaje desde el cine, entraríamos en los finalistas a Mejor Largometraje Documental. Pero al comenzar la larga lista de nominados, la lectura arrancó con los cortometrajes documentales, y el primer nombre en sonar fue Aerosol… No pude escuchar nada más, enterré un alarido de emoción y subí corriendo las escaleras que llevan desde el auditorio a la calle para llamar a alguien rápidamente y gritar: “¡Nos ha nominado! ¡Nos han nominado a los Goya!” El primero en escucharme era Antonio García Mora, creador de la pionera revista Serie B, y compañero de aventura cinematográfica en el guión y entrevistas de los protagonistas. A partir de ahí, comenzó un extraño torbellino de ilusiones y decepciones que jamás olvidaré.
Para empezar, el largometraje Madrid 11M fue ignorado en las nominaciones. A pesar del esfuerzo brutal con el que se realizó, la generosidad con que se produjo, y los logros para darlo a conocer (como el pase especial en el IDFA y en el canal ARTE), la verdad es que la colección de cortos documentales que proponía era muy irregular y a veces muy duro – además de muy político, como por ejemplo mi pieza De-mo-cra-cia, con la que ilustraba la respuesta ciudadana en las calles contra las mentiras del Gobierno de Aznar -. Mi nominación me puso, entonces, en una situación incómoda con los compañeros y compañeras del proyecto colectivo, y pronto empezaron a surgir comentarios despectivos sobe mi corto y su temática: el graffiti. La cosa acababa de empezar…
En aquellos tiempos, se rodó en 2003 y estrenó en 2004, aún precoces para la Alta Definición, la película circulaba en copias de 35mm, y a pesar de haber recibido una ayudita de la Comunidad de Madrid, distribuirla fue durísimo. Contamos, eso sí, con el apoyo patrocinador tanto de Serie B como de la marca de sprays Montana. Pero la mayor parte fue un préstamo de mi familia, que me llevó años devolver, porque el cortometraje nunca dio beneficios. Conseguimos llegar a más sitios, de todo el mundo, gracias a la Nominación, pero este laurel venía con sentencia de muerte.
“¡Que sepas que no vais a ganar!”
Por increíble que parezca, la gran mayoría de la gente en las instituciones odiaba el graffiti. Da igual lo bonito y creativo que fuera el docu: era de graffiti y no se quería. Esto empezamos a sufrirlo con los primeros envíos a festivales, en los que fuimos aprendiendo – gracias a nuestros espías – que la película no se seleccionaba por su temática. Al final, la gran mayoría de los festivales de cortometrajes son iniciativas municipales, con presupuestos públicos, que buscan la foto en la alfombra roja y jugar al glamour del cine. Presentarte con un tema que dividía a los vecinos sobre el pulso entre arte y vandalismo, pues era incómodo. Así que nos cerraban la puerta… Al final del año, tras entregar el master en la Academia para que fuera valorado por el comité de selección de cortometrajes, apenas teníamos selecciones y ningún premio. LAs posibilidades de nominación era bien bajas. Alerta spoiler: nunca recibimos ningún premio en ningún festival.
Es muy probable que si hubiéramos tenido los criterios actuales de nominación (basado en selecciones y/o premios, en un puñado de festivales “calificadores”, para poder optar a ser candidata) no habríamos sido finalistas. Tuvimos un santo patrón, de cuyo nombre no puedo acordarme porque no nos conocíamos, miembro del comité seleccionador, que se enamoró del film y peleó para que entráramos. Donde quiera que estés, gracias infinitas por la oportunidad, y el lío tremendo en que nos metiste.
Porque desde que se difunde la lista, comienza una espiral de trampas y desengaños. Para empezar, entregabas copia de cine y en Betacam para que se hiciera llegar a los académicos tu cortometraje, y se te advertía de que no podías hacer promoción directa con los votantes (parece ser que ha habido gente que repartía cestas de Navidad al agenciarse la lista de domicilios de los miembros). La propia Academia fabricaba dvds (¿se acuerdan?) y los enviaban para su consideración. Pero las copias, según me informaban los amigos espías, no llegaban nunca. Hasta que descubrimos la cruda verdad…
En la ceremonia de protocolo a los Nominados que la Comunidad de Madrid organizaba en el Palacio de la Puerta del Sol, donde “los cortometrajistas” éramos tratados como ceros a la izquierda, uno podía saludar y confraternizar, sobre todo con los otros finalistas (por ejemplo en tu categoría). Por mi parte, gracias al trabajazo que habíamos hecho coordinando la producción de Madrid 11M, pude saludar a algunos profesionales del sector, nominados y goyados (quizás mejor goyescos) a los que fui consultando sobre mi documental y el dichoso dvd. Nadie lo había recibido. Tan mala cara debía yo tener que el mencionado seleccionador del comité de cortos documentales se identificó, me dio la enhorabuena por el documental y me advirtió tajantemente: “¡que sepas que no vais a ganar!”. A lo que añadió: “disfruta del momento, pásatelo bien y relájate, porque la nominación es el verdadero premio”.
Sin embargo, somos ingenuos por naturaleza. Seguí creyendo en la fantasía, seguí preparando discursos hasta en sueños, incluso preparé mi estilismo (sin traje de smoking) para la noche de los premios. Una noche absurda y entretenida, porque acabé echando carreras con Javier Bardem en cada pausa publicitaria, para llegar el primero a los baños; los gorilas de seguridad de Presidencia me bloquearon varias veces cuando intenté pillar – muerto de hambre – canapés de la barra privada de Zapatero y sus colegas; y me desmoralizaron insuflando expectativas, porque un nefasto productor – que recuerdo pero me niego a nombrar – me dijo nada más llegar que, por el lugar y butaca que me habían asignado, iba a ganar y mejor que me preparara algo… Así que vuelta a empezar, ensayando palabras para adentro sin enterarme de lo que pasaba y se aplaudía en aquel recinto de amigotes reunidos para darse medallas unos a otros.
Nadie es el ganador de nada
No ganamos. Porque nadie nos conocía, no teníamos productora conocida – siempre he producido bajo mi nombre -, no habían visto la película, y de verla no hubieran votado a los del graffiti. La gente votó la peli de la productora conocida por todos, la piecita de la gente del cine, y es así aunque a algunos les moleste. De hecho, de verlas todas, las finalistas nominadas, hubieran votado tal vez el documental Ivan Z (no corto, de 53 minutos) realizado por Andrés Duque en homenaje al gran maldito Iván Zulueta. Pero nadie las vio, y esto sigue sucediendo.
Con la distancia de los años, lo vivido y lo aprendido, el paso de nombres propios, productoras fantasmas, gente que se iba a comer el mundo, gente que fue galardonada con el cabezón, merecida o desmerecidamente, sombras todas, he perdido el interés y el respeto por los Goya, y todo lo que le rodea. Nunca veo la ceremonia y me desespera ver cómo seguimos dedicando tiempo y presupuestos a una idea caduca y tramposa, en manos de los de siempre y una nueva generación de habilidosos aprendices. Intento, gracias a pertenecer a EGEDA, promotora de sus propios fastos con premios, intento ver la gran mayoría de las producciones de cada año, y apoyo con mis votos en la primera ronda de nominaciones, aunque perdura el mismo problema. Nadie ve nada, solamente lo de sus colegas y deudores de favores. Además, si ven algo mejor, se le ignora para que no destaque…
Entiendo que estas últimas líneas están sonando paranoicas y delirantes: como los propios Goya. Un evento de premios, obsesionado con la gala y la alfombra roja, para una cinematografía que apenas existe más allá de las plataformas digitales. Basta hacer una ronda rápida de consulta entre gente no profesional del cine español, y cada vez se ve menos. Como mucho se conoce una, o dos películas, entre las nominadas. Peor aún en lo que se refiera a documental o los cortometrajes (de cualquier género). Además ahora, gracias al rodillo brutal de los canales digitales y social media, la diferencia de oportunidades para promocionar tu película, en las semanas previas a las nominaciones, es abismal. Necesitas agente de prensa, diseñadores, gestores de comunidades, fotógrafos…
No van a dejar de existir, pero deberían de revisarse profundamente. Para empezar es un evento que debería ser privado, sin televisión, sin espectáculos ni bailes ni presentador. Y lo más importante: sin ganadores ni perdedores. Es bonito, generoso incluso, que una supuesta institución dedicada al arte del cine, quiera destacar películas, trabajos técnicos, actorales, musicales, de todo. Pero nadie es mejor que nadie, ni nadie gana a nadie, puesto que está en la naturaleza del hombre, su corazón, y los tiempos que vivimos, pisar al más débil, jugar con mentiras y trampas, tapar al verdaderamente dotado y dotada. Aceptando que no puedes ganar en una competición honesta, mejor que no compitamos y dediquemos tiempo y recursos a que la gente pueda ver nuestras historias, en la sala de cine o en el móvil (¡qué le vamos a hacer!). Sin que les hagan pensar que esto o aquello es lo mejor, porque los sentimientos y las emociones no son ganadoras: son humanas.

