Charles, Max, Elis, Tom y también Marc

Cuando amas profundamente la música, todas tus músicas, lograr estar acompañado por algunos de tus venerados creadores, es una experiencia plena y de enorme felicidad. Solemos llamarles héroes, por su capacidad tal vez de luchar contra todo pronóstico, también leyendas porque trascienden lo más sagrado – la vida – y se convierten en inmortales. Durante unos instantes, minutos y quizás un par de horas, están a tu lado, te tocan con su invisible caricia, y nada más importa que el regalo más sobrenatural de la existencia humana: la música.

En la última semana he paseado por mis paraísos musicales, habitados por unos seres ligados por la música más bella que existe: el jazz. He estado acompañado por Charles Lloyd, Max Roach, Elis Regina, Tom Jobim y Marc Ribot. Dentro y fuera de la vida misma, vivos o revividos, pude inhalar su maravillosa delicadeza en ese equilibrio imposible del corazón y la mente, la emoción y el asombro. En el caso de Lloyd y Ribot pasaron por Madrid, uno por el Festival de Jazz de la capital, y en el caso del neoyorquino rebelde por el diminuto espacio que alberga Recoletos Jazz. Ninguno defraudó, porque su arrojo y honestidad desbordan condiciones, escenarios, contratos e incluso lo que nosotros podamos devolverles como espectadores. En cuanto a Roach, Regina y Jobim el encuentro fue más esotérico, porque me iluminaron desde el protagonismo de rotundos documentales participantes de la variante online del In-Edit festival – ahora en esa espectacular ventana de cultura que ofrece la plataforma CaixaForum+.

El orfebre supremo

Cuando se hizo público el cartel del apabullante festival Villanos del Jazz, este programa ecléctico nacido en la órbita satelital del emérito Festival del Jazz, la única entrada que busqué raudo fue la de Charles Lloyd. No pude asistir a su última visita al Teatro Pavón, pero la anterior en 2016, en el Conde Duque, había sido una delicadeza inolvidable. Es, en cualquier caso, uno de los pocos imprescindibles de la escena clásica del jazz contemporáneo. Es un tipo aferrado a su concepto espiritual e intimista de esta música -tal vez marcado por los años de su estrepitoso cuarteto con Keith Jarrett-, que suena coltraniano como pocos en los tiempos lentos, y que a sus 85 años ha creado un triple álbum de trios con distintos elencos que dejado rendido a medio mundo. Un episodio más de su fructífera relación con Blue Note,  y que debe de ser la explicación de llenar un auditorio como la Sala Roja del Teatro Canal. En esta ocasión se trataba del Ocean Trio con Gerald Clayton (piano) y Marvin Sewell (guitarra eléctrica). 

Creo sinceramente que, a pesar de su condición de estrella del jazz, Lloyd crece en dirección opuesta al tamaño del aforo, y aún tratándose de una actuación hermosa, como lo es siempre su propuesta, no logró colarse en la intimidad de mis emociones como transmitió hace siete años. No es raro: subirse a un escenario enorme, de potentes luces de colores, y tratar de emular la complejidad -que sin duda él mismo trabaja en sus meditaciones trascendentales- no es tarea fácil. El trío se conoce muy bien a sí mismo en cualquier devaneo, incluso capricho, del octogenario; saben  lo que corresponde a cada momento, y Lloyd celebra las propuestas de sus acompañantes, pero tal vez fueron demasiado cumplidores ante un público que, a juzgar por los comentarios quería exactamente lo que recibieron. No me entiendan mal: una noche normal en un maestro es una noche suprema para cualquier otro. En cualquier caso, todos contentos, algunos más que otros, sobre todo el propio Charles, a juzgar por su publicación en Instagram – con varias fotos dedicadas a Madrid y al Museo Thyssen.

La batería también baila

Llamadme exigente, pero no todos los días encuentro conciertos en la superpoblada agenda musical de Madrid, una ciudad dominada por el pop y el rock. Si además no soy capaz de enamorame en la abundante cartelera de esos dos festivales jazzeros, nacidos para esquilmar nuestras carteras, el problema debe de ser mío. Hubiera querido ver a Corinne Bailey Rae, pero ya será otra vez…

Mientras llegaba el siguiente concierto – en una semana, ¡que suerte la mía! -, con un fin de semana y un puente de por medio, decidí darme de alta en Caixa Forum+, y gozarme unos cuantos documentales del ciclo 2023 del festival In-Edit. Sobre todo el irresistible (a priori) trabajo The drum also waltzes, sobre Max Roach – probablemente el más importante batería del jazz moderno -. En mis tiempos de redactor en Cuadernos de Jazz tuve la ocasión de entrevistarle, ya muy mayorcito, y fue una de las experiencias más gratas de mis años en la que (sin duda) ha sido la mejor revista del género en español. Si alguien tiene curiosidad, se puede consultar y leer en este enlace.

La película, producida para la televisión pública norteamericana PBS dentro de su mastodóntico proyecto documental American Masters (lleva produciéndose 40 años), la ha dirigido Sam Pollard -uno de los creadores más importantes del cine afroamericano contemporáneo, colaborador asiduo de Spike Lee– y es un acto de amor y compromiso con la música y el legado de Roach. Está perfectamente ensamblada, con aportaciones impagables de músicos cercanos a él, aún vivos como Sonny Rollins. Es un sentido y necesario homenaje a un músico revolucionario en su instrumento -obsesionado con trascender su limitación como herramienta de ritmos- y un artista total en todos los proyectos, grabaciones, formaciones y enseñanzas que lideró. 

  • Por cierto: el 8 de enero de 2024 se celebrará el 100 aniversario del nacimiento de Max Roach.

Tenía que ser contigo

En esta misma multiplataforma, creada por ese banco amigo que ha disparado las comisiones a sus clientes, reducido los fondos dedicados a la cultura en su archiconocida fundación, mientras despedía a cientos de empleados para alcanzar beneficios históricos en este 2023 de inflación y crisis, se pueden ver varios trabajos más del ciclo In-Edit. En estos días, siempre son musicales para mí, puede ver también el documental Elis y Tom, só tinha que ser com você. Es una producción de 2022 dirigida por Roberto de Oliveira y Tom Job Azulay que anticipa el 50 aniversario del mítico álbum Elis & Tom -publicado en 1974-, eternamente recordado por el primer corte, el dueto de Aguas de Março.

Aparte del torrente de entrevistas, habitual en estos filmes, el documental ha recuperado y restaurado todo el material en 16mm que se rodó sobre el proceso, duro y milagroso, de colaboración entre dos artistas mayúsculos y opuestos: la volcánica Regina y el minimalista Jobim. Ella es una de mis voces favoritas de todos los estilos, él es sin duda el compositor más sensiblemente ambicioso de toda la música brasileña. Dicho esto, es un disfrute total, bien aderezado por anécdotas, momentos, procesos, dramas y mucho mucho amor por la bellísima Elis.

Vuelo rasante

Pero aunque ame los documentales musicales, siempre daré la razón a lo que cierto músico me dijo en una entrevista: “sobran las palabras, lo importante es la música”. Así que, a pesar de mi rareza selectora, a veces hago incluso doblete en una semana, y mi fin de ciclo personal era uno de mis bienamados locos egregios. No recuerdo cómo me enteré de su actuación, porque no suelo seguir la programación del Recoletos Jazz, pero cuando entré a comprar asiento quedaba uno solamente, en primera fila y una mesa de taburetes, a pie de escenario -una suerte para un lugar de altos costes, público accidental, reservas por mesas-. Estoy hablando o escribiendo sobre Marc Ribot.

La propuesta era en solitario (queda esperar que su gira con Ceramic Dog, su explosivo trío actual, se cuele de rebote en algún escenario de la capital, en el mes de enero de 2024). Para un señor de casi 70 años, con aspecto de profesor universitario postcomunista, que lo ha dado todo en formaciones de vanguardia como Masada, elevando el folk punk de Tom Waits, reinventando al maestro Arsenio Rodríguez con sus Cubanos Postizos, y capaz de musicar The Kid, la obra maestra de Chaplin, no hay ni susto ni muerte. Todo puede salir de su chistera con forma de guitarra acústica, ya sea su venerado Frantz Casseus, un irreconocible Armstrong, o guiños a la copla de Ay Carmela.  Fue así, sin dar las buenas noches, sin levantar la mirada de sus zapatillas de plataforma multicolores, sin explicar o comentar nada. Se podría sospechar que vino a pasar la mno y continuar viaje, pero el vendaval de virtuosismo sin concesiones, y la profundidad intelectual de lo que arrancaba de su mástil contaba otra cosa. Música, y sólo música. Sin palabras. Aunque nos guste charlar, comentar, y como se puede observar aquí mismo, escribir sobre lo más abstracto del alma humana. 

  • La obra pictórica «Max Roach» que encabeza este artículo fue creada por Basquiat en 1984.

Publicado por Miguel Angel Rolland

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