Como tantas otras veces, me quedé observándola a varios pasos, mientras los demás la achuchaban y besuqueaban, y ella emitía sus soniditos, varias veces, en sílabas: “¡eh!” “¡eh!” “¡eh!” Emocionada llegaba incluso a decir “¡bueno!”, con una mueca gamberra y todo el mundo se reía. Entonces, bajaba la cabeza y luego se ofuscaba, tal vez por su incapacidad para comunicarse con nosotros, la familia, sus hijos, sus nietos, su todo. Atrapada en su diminuto cuerpo impedido, su cerebro dañado, porque uno necesitaba pensar que a través de esa escafandra, con nuestras caricias, besitos, manos, nos sentía con todo el amor y la trágica añoranza que teníamos de ella, presente, despierta, más aún en Navidad, en Nochebuena, cuando sobrecargada por darnos cena a todos disfrutaba, canturreaba, sacaba villancicos, elepés de Serrat, Nino Bravo, Cecilia, y si daba tiempo se echaba un bailecito con Papá, con las pantuflas de cuña leve que usaba como zapatitos caseros.
Este año decidimos hacer grupo y visitarla en la Residencia. Ya no se la puede sacar: por todo y por poco, porque no va a comer, no se va a enterar, se va a hacer pipí, y sobre todo por lo profundamente incómodos e impotentes que nos hace su enfermedad, cuando ella nos dio tanto, sin pedir nada a cambio; y me quedo callado porque me siento un traidor, un egoísta, un vendido y un rendido, porque lo que de verdad me gustaría hacer es llevarla con nosotros, con su familia, aunque no cene, se quede dormida, o moje la silla, pero con nosotros… Así que no participo del torbellino de gestos, besos, apretujones que llenan la sala con nuestras risas y gritos, y me noto un sollozo agarrado a la garganta, porque además mi hija Sira me agarra la mano suavemente, me mira desde abajo y me pregunta: “¿por qué no viene la abuela con nosotros?”
-No puede ser, cariño…
-Pues no lo entiendo.
-Yo tampoco -le digo, con toda mi sinceridad.
Cuando el grupo ya se ha serenado y empiezan a llevársela para la cena, que hoy es menú especial con alguna variación de papilla, en la silla de ruedas de la que apenas se desprende, y necesita estar agarrada con una cinta de bordes con velcro, me acerco para una despedida secreta, le doy un beso suave en la mejilla, y me inundo de su aroma de viejecita, cremas, polvos de talco, el inevitable odor de orina y algo que aún le pertenece como propio, y le digo muy bajito al oído, acariciando su cabeza: “Te quiero Mamá… Ojalá pudieras estar con nosotros un día más, tal y como eras”.
Me despego y antes de que enfilen, ella y la cuidadora, hacia la mesa de todos los residentes, ella me mira fijamente y me sonríe sin parpadear, mientras se me inundan los ojos. “Pobre pequeña…”, me digo.
El grupo nos vamos marchando. En realidad es muy pronto pero la Residencia tiene que hacer todo antes de la hora, para que los trabajadores puedan reunirse con sus familias, a excepción de los voluntarios que se quedan de guardia. Si me dejaran me quedaría yo también, pero aún tenemos a Sira llena del espíritu navideño, y como somos más de Santa Claus, no le llamamos Papá Noel, esta noche la magia llenará la casa de regalos, y la mañana será un festín de paquetitos, risas y emociones. ¡Cómo disfrutaba Mamá con esta noche!
Llevamos unos metros de acera y surgen las propuestas de tomar un aperitivo, que no es mala idea, aunque luego tocará hacer un poco de carretera, y yo me libro porque soy un conductor bastante desclasificado para estas ocasiones. Resulta que cerca de los coches hay una cafetería enorme, cargada de muchos otros grupitos con las mismas intenciones, y no hay vía de escape. Sin embargo Sira ha puesto su atención en otra cosa. Un poco más adelante, pasado el cruce principal de este pueblo, hay un centro comercial que hoy estará abierto hasta medianoche. Lo vimos al llegar, y también el escenario en el que Santa Claus y sus ayudantes estarán recogiendo peticiones, de última hora.
-¡Papá, Papá, vamos a ver a Santa Claus! ¡Vamos, vamos! -me suplica Sira.
-Pero, hija, no ves q…
-¡Por fi, por fi, por fi, por fi, papá! ¡Tengo que decirle una cosa!
-¡Pero si ya le mandaste la carta, niña! -insisto, con escasa convicción.
Sira se arranca, y me arranca de los demás, pero me dejo llevar porque no puedo resistir su deliciosa ilusión, la emergencia de lo que sea que tiene que añadir a la lista de deseos, y porque prefiero ser niño un rato más que ser adulto con todos los demás. Además, el centro comercial está a cuatro pasos, y no tardaremos mucho.
El escenario de Santa Claus es pequeño, junto a la entrada principal, y apenas levanta atención entre los compradores ajetreados de esta noche. Dentro de nada será hora de cenar y es lógico que todo el mundo vayamos para nuestras casas en breve. Al llegar, Sira me ha sacado ventaja y consigue echarse hacia el pobre Santa, cuando acababa de hablar con otra niña. El elfo que le acompaña, largo y alto y con la cara sonrosada del frío, intenta serenar el encontronazo, pero no conoce a mi hija y la determinación con que se arroja a sus ideas. Hago un gesto hacia este pobre hombre, jovenzuelo y recién salido del acné, para que entienda que está todo bien, que el padre de la criatura está presente, y no hay ningún problema.
Desde mi posición, a tres o cuatro metros de Santa y Sira, no consigo entender ni una palabra de lo que se cuentan, pero la expresión de sorpresa de él me hace temer lo peor. Tras unos segundos en silencio él asiente, le dice algo más y ella se echa a sus brazos y le da un beso. El elfo se gira hacia mí, con los ojos como platos, y yo le devuelvo una sonrisa encogiendo mis hombros. Un empujoncito nos interrumpe en nuestro diálogo de mimos, y Sira me está abrazando a la altura de mis caderas.
-Ya está papi, ¡ya se lo he contado todo!
-¿Qué le has contado, hija?
-Pues sobre tu regalo, lo importante qué es, y que es lo más importante del mundo, y que no queremos nada más, y que se puede olvidar de mis juguetes, y que… que… -me intenta explicar la pequeña, atropelladamente.
Obviamente, no entendí nada. Y mientras la dejaba continuar con su relato atropellado, caótico, y emocional, fuimos regresando a la cafetería donde nos recibieron con un grito el resto de parientes, y me colocaron una copa de cava en la mano nada más llegar.
Nadie quiere hablar de Mamá, nadie quiere tocar ese dolor, y todo son risas, felicitaciones, brindis, y en unos pocos minutos ya ha pasado la escena, acelerada, y en cierto modo me despierto mientras volvemos a casa, mejor dicho la casa donde nos vamos a juntar hermanos, cuñados, abuelo, nietos, candidatos a novios, y futuros esposos. Somos un grupo bastante numeroso pero al parecer todo está organizado de antemano, gracias a ese invento moderno de los platos preparados y el reparto a casa.
Todo el resto de la velada me pasa por delante como un vídeo acelerado, apenas retengo conversaciones, chistes alcoholizados, excesos de platos y postres, y finalmente llega la hora de acostar a los niños y no tan niños de la familia. Alguien me subraya que he estado ausente, incluso serio, pero no explico nada y con una media sonrisa admito que estoy muy cansado, culpa del solsticio de invierno que me afecta mucho. Así que prácticamente me voy a dormir con los niños, y me duermo oyendo las conversaciones que llegan desde el salón, y me siento pequeño pequeño en el colchón y la cama que utilicé hasta los veintipico años, y sueño con el aroma y los nervios de la mañana de Navidad y los regalitos… Tarde, muy tarde, de madrugada, oigo pasos, murmullos, actividad, y me doy otra vuelta en la cama porque no quiero pillar a Santa.
Abro los ojos y veo las primeras luces del día, siempre duermo con la persiana subida, o las cortinas apartadas, y durante unos segundos creo recordar algo de lo soñado, vivido, incluso alguna imagen, pero un sonido familiar me sacude. Mi teléfono móvil está vibrando, repetidas veces, y de un salto me incorporo al borde de la cama y cojo al vuelo el aparato, contestando con un gruñido más que una palabra, mientras trago el susto al ver en pantalla las palabras “RESIDENCIA MAMÁ”.
-¿Familiar de Josefa Rodríguez?
-Soy su hijo…
-Buenos días, disculpe la llamada y las horas, le llamamos de la Residencia Los Olmos, es sobre su madre… Soy Fernando, el director…
-Sí, sí… ¿Qué ha pasado? ¿Mi madre está bien?
-Sí, sí, sí, tranquilo, no ha pasado nada… Bueno, sí que ha pasado, no se como decirle… Espere, le paso a su madre…
-¿Cómo que me pasa…?
Tengo el estómago agarrotado por los cavas y los vinos, y me sube una arcada, mezclada con una taquicardia salvaje y una bola en el pecho, pero aún así me he puesto de pie en el dormitorio.
-Hola hijo… ¿Cuando vienes a recogerme? ¿Habéis abierto los regalos? -me dice una voz serena, incluso alegre, que regresa desde algún rincón profundísimo de mi ser y ahora está al otro lado de la línea.
-Pero Mamá… ¡¿eres tú!? -digo casi en un alarido.
La puerta de la habitación se ha abierto y Sira me mira, agarrando de la cabeza el osito Teddy que tiene desde que era una bebé. Más rápida que yo corre hacia mi móvil, me lo quita y se pone a chillar.
-¡Abuela, abuela! ¡Has despertado! ¡Abuelita!
Todo me empieza a dar vueltas y me tengo que sentar en la cama otra vez, o creo que me voy a desmayar y posiblemente vomitar. Oigo lejanamente las palabras y gritos de Sira, como encerradas en una burbuja bajo el mar, y por el rabillo del ojo veo como van apareciendo más personas, los sobrinos, mi hermano, y mi padre -que no sabe si asustarse o enfadarse -. Así que todo el mundo empieza a hablar a la vez, Sira se ha echado hacia mí, abrazándome como una loca, me da besitos, gritando “¡ha sido Santa Claus!” una y otra vez, en medio del torbellino de personas agarrando el teléfono y bloqueando el turno de mi padre que sigue congelado en el umbral de la habitación, hasta que alguien le pasa el aparato y sólo puede dejar escapar un “¿Pepita?”, antes de romper a llorar y desencadenar el lloro de todos los presentes.
Una vez recuperada la serenidad, mientras los niños abren sus paquetes, rompen papeles y se lanzan a jugar sobre la alfombra, logro hablar con el director de la residencia otra vez y me explica.
-No se qué ha pasado o cómo ha pasado -me narra el tal Fernando- pero la persona que estaba de guardia se la encontró esta mañana, mucho antes de amanecer, despierta y pidiendo que fuera alguien allí, que la desatara, bueno, ya sabes que para evitar caídas les sujetamos…
-Sí, es horrible, nunca me ha gustado -le replico.
-Bueno, ya, es el protocolo con casos como su madre, pero Matías, el auxiliar, la ha incorporado, ella se mantenía en pie, tenía movilidad, habla… ¡Todo! No se, realmente, mira, no soy religioso, pero esto es un milagro.
-¿Podemos ir a verla? -le contesto.
-Sí, sí, claro, vengan, no vengan muchos, además hemos avisado al médico para que acuda a chequearla, porque ella pide una y otra vez ir a su casa, y claro, no se muy bien…
-Vamos para allá y lo vemos.
Si me preguntas cómo fue el viaje hasta la Residencia te diría que fuimos volando, pero claro, iba conduciendo mi sobrino Ricardo, que es un bólido y además es seguro, porque se trataba de llegar vivos. Mi cabeza no ha parado de pensar, analizar, explicar de alguna forma lógica lo ocurrido, mientras que todo el rato me vuelve la imagen y la alegría de Sira chillando “¡ha sido Santa Claus!” “¡ha sido Santa Claus!” Pero detrás de todo ello he sentido un anhelo profundo, secreto, bañado por tantas horas de tristeza, culpa y duelo, cuando he fantaseado las cosas que diríamos y haríamos si pudiera pasar tan sólo un día más con mi desvanecida madre.
Al llegar encontramos la Residencia revuelta, hay familiares de visita, se ha corrido la voz y hay un grupo numeroso de personas rodeando a mi madre, que está sonriente, en el centro de un corro que le pregunta y le dice cosas, y ella atiende a todo el mundo con una risa que también regresa desde un lugar de mis recuerdos, y ahora está allí mismo, delante, hasta que consigo hacerme un hueco, me hablan y no se lo que me dicen hasta que llego junto a ella, la levanto y me fundo en un abrazo que se baña inmediatamente de lágrimas, mudo, desesperado, aferrado a un sueño del que no me quiero despertar, jamás.
-Vamos, vamos, vamos… -me dice ella para serenarme, pero no consigo apartarme, como si al volver a mirarla se fuera a convertir por el mismo hechizo en otra persona, o volviera a encontrarla de nuevo inmóvil, impávida, callada, en su silla de ruedas, como un espejismo salvaje del más cruel de los desiertos.
-Vámonos para casa -le digo.
-Eso – me dice ella, fresca como una madre lechuga.
Me ocupo de todos los trámites, escucho todos los consejos, los misterios, los avisos de que bien pudiera ser algún tipo de ataque inverso, en realidad todo tipo de estupideces que no quieren admitir lo inexplicable. Como nuestra vida entera, desde el momento en el que aterrizamos hasta el que nos marchamos con un último aliento.
Voy sentado en la parte de atrás del coche de Ricardo, nos lleva como un excelente chófer de vuelta al reencuentro de todos con Mamá, al aluvión de amor y regalos y preguntas que nos espera en… ¡su casa! Porque está volviendo a su casa, como si todo esto hubiera sido solamente un ingreso pesado y duradero en el hospital, y todo el infierno transcurrido quedara ya trasnochado, borrado, cancelado de nuestro presente.
Voy agarrando sus manos con mis dos manos y no se por dónde empezar, me da timidez la presencia de mi sobrino, y tras varios “¿cómo estás?”, “¿cómo te sientes?”, me doy cuenta de que no tengo nada que contarle porque no se puede contar una vida de años ausente, meses, días, horas de nuestras existencias, porque lo más grande es el milagro de poder tenerla junto a mí, poder decirle que la quiero y la he echado inmensamente de menos, y porque cada vez que intento explicarle mi vida, mi amor, mi hija, mi compañera de vida, mis sueños logrados y mis fracasos, la cascada de información, el resumen desorbitado de mi tiempo, ella me escucha, asiente, pero no dice nada, y una vez más siento por todo mi ser la sabiduría infinita de su sencillez, su calma, su comprensión, su maternidad.
-Me alegro mucho de que estés bien -me responde- y tengo muchas ganas de conocer a tu niña…
Y tengo ganas de llevármelas a las dos, de paseo, de merienda, a jugar al parque, a ver una peli juntos, muchas pelis juntos, a tumbarnos a la playa, de compras por tiendas y tiendas, nada de centros comerciales, repasar las fotos de las últimas vacaciones, asistir juntos a las representaciones de fin de curso y de cualquier extraescolar absurda que todos olvidaremos al año siguiente, de hacer tantas cosas, unirnos todos alrededor de ella, su paciencia, incluso su mal humor, sus rarezas, su necesidad de esconderse en sus lecturas, sus pelis de amor y musicales, sus sueños y su vida que siempre fuimos todos y todas nosotras.
Pasa una hora, tal vez una hora y media hasta que llegamos a la casa, al portal, a la puerta, y al entregarla al abrazo de todos, a los niños que casi la tiran al suelo, a las voces, las lágrimas, las risas, me siento pleno, feliz, agradecido, en paz, de una manera casi sobrenatural porque me viene desde el alma que tanto me cuesta admitir, y que no responde a ningún credo, ninguna iglesia, ningún ritual humano, solamente al profundo misterio que nos une a cada uno de nosotros y nosotras.
Extrañamente, en muy poco tiempo, ni siquiera horas, nos encontramos sumergidos en la normalidad de un día de Navidad cualquiera, con sus comidas, sus músicas, hasta la película de sobremesa que no puede ser otra, ¡Qué bello es vivir!, y la sentimos y lloramos porque estamos atrapados en una especie de milagro que nadie quiere comentar, cuestionar, razonar.
Tarde, muy tarde, cuando parte de la familia regresa a sus casas, recibo la llamada del director de la residencia, y le cuento lo bien que está, lo bien que estamos, lo maravilloso y extraño de todo, y en lo práctico que va a seguir aquí, hasta que veamos cómo evoluciona. Entones, precisamente, me interrumpen. Es Sira, frotándose los ojos y avisando:
-Papá, la abuela tiene que irse a dormir…
-Y nosotros también -le digo. Perdona Fernando, lo dicho, mañana hablamos y tomamos decisiones… Adiós.
Regreso con Sira de la mano, y Mamá se ha quedado dormida en el salón. Han apagado la tele, la música, bajado las luces y nadie se atreve a decir nada. La contemplamos, Papá con un ligero temblor de cabeza, negándose en algún lugar de su cabeza que esto pueda ser real, agarrado a ella como un naufrago letal, conocedor de un terrible destino que nadie más comparte, fatal como su vida misma, desgarrado por la vida y la muerte, pero ahora superado por la magia que nos ha tocado.
Vamos saliendo, poco a poco, y Sira me señala que la abuela está sonriendo, en sueños, y en vida, que son la misma cosa. Me quedo el último del grupo y le pregunto a Papá si necesita algo, pero me responde que la va a dejar ahí un ratito, con él, con una manta, juntos, y le doy un abrazo fuerte y le susurro al oído “te quiero, Papá”. Y el me aprieta el brazo, nervioso, para que no le broten las lágrimas.
Miro una última vez a Mamá y antes de cerrar la puerta escuchamos el reloj suizo del salón escupiendo sus doce cu-cu, y al bajar las escaleras me llena una paz abrumadora, un baño de serenidad que me entra por cada poro de piel hasta el cuero cabelludo, como una nube de amor y tranquilidad, que siento en la mano de Sira, y en la cara de mi hermano, tan nítidamente que nos quedamos clavados en el sitio por unos instantes, aunque nadie dice nada.
Según nos contó Fermina, a quién nadie había avisado de nada y casi le da un ataque de nervios, al entrar en la casa, como todas las mañanas hacia las nueve, se encontró con los dos sin aliento, acurrucaditos todavía en el sofá, bajo la manta, con las manos enlazadas como si estuvieran soldadas, y con una sonrisa tan bella y limpia que parecían recién duchados, como unos veinteañeros enamorados, sonrientes, bendecidos y presentes en el tiempo infinito de la vida que nos dieron y ahora nos toca seguir dando a todos nuestros amores, hasta el fin de nuestros hermosos irrepetibles días buenos.
©Miguel Ángel Rolland.