Santa Claus se ha adelantado este año y me ha regalado un otoño musical -de octubre a noviembre- realmente soñado, pivotando entre varios festivales, entre Tenerife, Madrid y Londres, con creadores amados desde hace largo tiempo, y algunos nombres más recientes. Me puse a revisarlos, con sus conciertos, en las dos últimas semanas, incluida esta misma, y me salió una lista de momentos muy especial. He podido ver y escuchar a Suzanne Ciani, Kessoncoda, Shabaka Hutchings, Arooj Aftab, Rougê, Sun Ra Arkestra, Pat Metheny, Dee Dee Bridgewater, Dave Holland con Chris Potter, Me Shell Ndegeocello, Dawn Richard & Spencer Khan, y Egberto Gismonti. Podría haber sido un festival con mi nombre, sin duda. Pero es que lo ha sido… Os comparto unas notas, algo largas, de la belleza vivida.
A menudo explico, cuando me preguntan sobre mi pasión melómana, que mi corazón es de jazz, en un espectro muy amplio, y aunque mi cuerpo sea esencialmente de música negra, todo nace, renace y vive alrededor de esta visión ecléctica, porque además es una manera de abordar la expresión y el placer de la música en vivo. Es mucho más que un género de algoritmos para una playlist: es una forma intelectual, profunda, de interiorizar la música, de vivirla con alegría y conocimiento. Como decía Lester Bowie “es una música creativa e innovadora”, y sin duda una actitud en la vida. Además, desde hace cinco décadas, gracias a la reafirmación que supuso el movimiento londinense (y británico después) del jazz dance y el acid jazz, pude dar rienda suelta a un eclecticismo loco que sumaba en libertad todo tipo de estilos. Sin justificaciones, sin permisos, mi corazón suena a jazz.
Podría parecer que alguien como Suzanne Ciani es la antítesis de lo que afirmo. Sobre todo si la relacionamos con su época más popular, fabricante de éxitos propios y ajenos en la new age, generalmente al piano acústico y con temas muy sentimentales, melódicos y nostálgicos – como si homenajeara sus lejanas raíces italianas, algo explícito en Hotel Luna (1991) -; pero ella realmente fue una pionera de la música electrónica analógica, de tremendas máquinas cableadas, creadora de actuaciones improvisadas plenas de abstracción, colores sonoros y experimentación sonora. En Estados Unidos fue una personalidad televisiva que fascinaba con sus aparatos y la sencillez ingenua con que presentaba lo que ejecutaba… En el año 2020, el fantástico documental Sisters With Transistors (Lisa Rovner), le hizo un merecidísimo homenaje y una reconexión con las nuevas generaciones. Todo esto ha permitido que a sus 78 años no pare de hacer giras, colaboraciones, reediciones (¡imprescindibles sus conciertos Buchla de 1974 y 1975) y uno pueda disfrutarla en un lugar inaudito como el Conservatorio Profesional de Música de Tenerife, arrancando Keroxen (¡el mejor festival que tiene la isla!). Precisamente acompañada de ese prodigio de la invención que es el Buchla 200 – un artefacto descatalogado que supera los 20000 dólares en el mercado coleccionista, que ahora interpreta con algunos periféricos (iPad, teclados, pedales) para mejorar una vivencia irrepetible en sonido cuadrafónico. En resumen: vivimos un auténtico tesoro vital que maravilló en cada bit por segundo que recibimos….
Cambia de escenario, de ciudad, y unos días más tarde, como parte de la ampliación a Madrid del ciclo Jazztronica (antes solo en Barcelona), recibimos en Madrid a Kessoncoda, el dúo londinense que en cuatro años ha conseguido atrapar la atención de la vibrante escena de jazz contemporáneo de la capital británica. Batería y teclados para construir un sonido melódico, muy influenciado por Cinematic Orchestra o E.S.T., los amantes de las etiquetas podrían argumentar que lo suyo es más bien rock instrumental. Da igual: tienen un excelente directo, humilde, cercano (Filip Sowa chapurrea un castellano nivel Erasmus) y hacen honor al mérito logrado en verano, cuando fueron escogidos por Gilles Peterson como Album de la Semana en su imbatible emisora libre (Internet) Worldwide FM. En la Villa y Corte tocaron ante un puñado (no pasábamos de treinta) en el sótano incombustible de la sala Tempo. Tal vez en un par de años recordaremos este momentito íntimo, como podemos hacer quienes también vimos en esta intimidad a Yussef Dayes (febrero de 2019) antes de llenar el Royal Albert Hall (octubre de 2023).
Sinceramente, no tenía previsto ir a ver a Shabaka al Teatro del Canal (¿por qué le tengo rabia a este gélido lugar?), pero las circunstancias propiciaron que fuera, además en una disposición de asientos inusual: al lado del escenario. Otro geniecillo británico, otra muestra de lo avanzadísima que está la escena jazz del Reino Unido, desatada en sus propuestas libres, bastardas, ambiciosas en la composición, la producción y la presentación en vivo. Le tuvimos en formato estricto acústico, sin vocalistas ni raperos, doble arpa, dobles teclados, y el show particular de arqueología en flautas que este joven de 40 años ofrece entre canción y canción. Mi queja con este auditorio (enfría hasta la más incandescente de las música) quedó atrás con el soplido constante de historia ancestral (su nuevo EP se llama acertadamente Possession)y vientos en los labios de (otra vez) este londinense. Salimos como acariciados de una meditación trascendental inesperada…
Y el viaje introspectivo tenía una visita esperadísima (por mi parte): la de Arooj Aftab, al día siguiente, en el almacén-garaje de conciertos llamado Sala Villanos. La propia cantante no pudo evitar el comentario jocoso sobre el espacio (“parece una nave de música rave”). El formato elegido era de cuerdas (guitarra, bajo, violín) y la notamos un poco cansada de sí misma, de sus tristezas, de sus melancolías repetidas (el sino del músico: te vas a escuchar las mismas miserias hasta la saciedad), y nos confesó que tenía ganas de beber. E invitar unos chupitos (hizo las dos cosas) y concentrarse más en vivir la noche y el alma de su último disco. Tocó lo justo (a pesar de los güisquis), y buenas noches. La disfrutamos, su música permanece, pero no sabemos cuanto va a durar esa Arooj que nos enamoró en su álbum Vulture Prince (2021).
Suma y sigue, misma semana, misma sala, domingo tarde, otro regalito, esperado y cumplido. Primera actuación en Madrid del fabuloso Rogê. Guitarrista, cantante, compositor carioca, emigrado a Los Ángeles (¿invitado tal vez por su colega Seu Jorge?), se presentó en formato dúo con el percusionista Stephane San Juan. Ante la pregunta “¿dónde estaban los brasileños de Madrid?” un colega me respondió que Rogê no es tan conocido… Pero este músico con alma de calle lleva publicando desde 2008, y su “Brasil em Brasa” fue incluido en el recopilatorio Far Out Strictly Samba (precisamente del sello Far Out).
Ahora Rogê ha recogido la cosecha de su excelente Curyman (lanzado por el sello internacional Diamond West) y sigue en la ola con su secuela Curyman II. El tipo nos enamoró, es un saco sin fondo de temazos y clásicos instantáneos (el primer disco tenía “Mistério da Raça” y ahora el petardazo “100% Samba”). Alegría sin fondo para el corazón, verano eterno.
Tras unos días de descanso, la cosa se trasladó al Teatro Pavón, viejo en cuerpo y alma, pero en sus limitaciones e incomodísimas butacas permite estar bastante cerca de los artistas (y sufrir menos con la acústica inexistente). La ocasión era propicia para la indulgencia: una nueva visita de la Sun Ra Arkestra. Normalmente dirigida por el centenario Marshall Allen, en esta ocasión no estuvo presente – lo que es comprensible, dada la frenética actividad de esta orquesta y la fragilidad del líder y director musical -. Creo que fue la primer entrada que compré para el programa de 2024, y fue muy estimulante ver la sala completa, bien diversa en el rango del público que mueve en la ciudad. Es posible que la formación modere sus propósitos en cada visita a la Villa – más bien proclive al jazz accesible y conservador que a lo experimental y feroz de la escena mundial -, y eso ayude a su popularidad. El repertorio estuvo firmemente basado en su nuevo álbum (Lights on a Satellite, IN-OUT Records) mientras no paran de grabar/reeditar y con todo tipo de sellos. Honestamente, es de las pocas cosas genuinamente divertidas y frescas del jazz actual, y se atreven con todo, porque tocan todo lo que quieren con mucha altura. ¡Larga Vida al Dios Sun Ra!
(aquí abajo un fan footage de un paciente espectador)
Pero los contrastes, mi macedonia particular, me llevaban precisamente a la cima del jazz oficial superventas. El lunes 11 de noviembre teníamos a Pat Metheny en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, aparentemente para interpretar un programa de guitarra “sola”,basado en sus dos últimos discos: Dreambox (BMG, 2023) Y Moondial (BMG, 2024). La entrada era bien cara (70€), pero madrugué y pude situarme en el lugar perfecto del patio de butacas. Confieso que tenía algunas reticencias (no soy superfan de su vertiente íntima acústica, la más amistosa con las masas), pero hacía mucho tiempo que no le veo en directo, y es un tipo que sigue siendo un inconformista inquieto, a pesar de peinar canas en sus melenas de siete décadas. Justo lo que hizo: cambiar de idea. Ofrecer un programa abierto en el que, para empezar, habló lo nunca oído antes – en auténtica masterclass de numerosos aspectos – , exploró sus diferentes guitarras, y nos trajo propina de Orchestrion en formato mini. Resultado: dos horas y media de música, y la sensación de conocer un poco más sobre su mirada musical, gracias a sus detalladas presentaciones e historias personales (sus años con Gary Burton, la amistad con su adorado Charlie Haden, o por qué tiene una guitarra llamada Pikasso). Una noche memorable (por la suma de todo, a pesar de la variada repostería musical para devotos).
Al día siguiente mi periplo se trasladó a un escenario que me agrada – a pesar de su aroma trasnochado -: el Fernán Gomez. Porque en la locura del noviembre jazzero capitalino, los conciertos compiten a tortazos por la cartera del aficionado, entre los Villanos del Jazz y el festival Jazzmadrid. La inflación desbocada del sector parece justificada y la gran mayoría de los conciertos llenan sala y justifican malabarismos. Los asistentes, no tanto los invitados – que abundan -, tienen que escoger bien. Las cantantes lo petan, las más obvias hijas del algoritmo sobre todo. Dee Dee tuvo su momento de plenitud comercial, lleva años sin grabar (apestada de las discográficas, aunque ganadora de dos Grammy), luce cabeza rapada, vestido monacal y botas militares, y sale de gira con un cuarteto de mujeres que proclaman “We exist!”, o sea, que las mujeres del jazz existen, y lo hacen con un repertorio de canciones activistas, o al menos peleonas en su storytelling. Obviamente: había que acudir. ¡Y menos mal! La entrega fue realmente exquisita, sobre todo por el personal juego musical de Dee Dee, con un repertorio de cánticos de libertad, y todo lo que se espera de un cuarteto de diva jazz, aunque esa noche era más bien de antidiva. Para el recuerdo: su bis acapella del himno espiritual donde los haya, Amazing Grace.
Aún con el sabor de esa velada irrepetible (vaya cliché, todas lo son), el jueves era ocasión de reencontrarme con uno de los grandes del contrabajo, Dave Holland. Su trio Crosscurrents, nacido con el álbum Good Hope (Edition Records, 2019) es una conversación ardiente con el saxofonista Chris Potter y el percusionista Zakir Hussain, que a pesar de los momentos de gélida intelectualidad, tiene todo el sello del artista británico en sus composiciones. Juegos de contrapunto, medidas improvisaciones, mucha elegancia. Por desgracia, para Madrid perdimos el lado más templado: el fogoso Hussain. Fue sustituido por Marcus Gilmore, un avanzado discípulo de la universidad finisecular del jazz norteamericano, que cumplió con creces lo que toca en esas lides de banquillo, que no es otra cosa que ser tú mismo sin robar la escena. Lo mejor del concierto fueron esas sonrisas de profunda alegría con las que Dave acompaña las carambolas del trío, y sus propios monólogos a las cuerdas, que siguen siendo – probablemente – la cúpula del instrumento en la escena mundial.
En medio de este frenesí, me dije: si Me Shell no viene a Madrid, pues habrá que ir a Me Shell. Me refiero a Ndegeocello, una de mis artistas favoritas de la ecléctica escena de la música negra global, que ha vuelto a tocar los cielos con su álbum homenaje a James Baldwin: No More Water. The Gospel of James Baldwin (Blue Note Records, 2024). Escapada de fin de semana a Londres (también devorado por su propio festival de jazz), enterada para esa maravilla de sala llamada Koko, y posición favorable a pie de escenario – gracias a viajar solo y estar en la puerta entre los primeros. ¿Soy un fan o no, colegas? El evento lo merecía, más aún con ese disco magistral – uno más, de la mano de The Omnichord Realbook (2023) y Red Hot & Ra: The Magic City (2024), este último en la bores de producción y dirección musical con u reparto all star de talentos internacionales.
Tuvimos regalito sorpresa, porque ese hombre vocalista maravilloso llamado Justin Hicks hizo la apertura de la noche, con media hora de temas propios – con la propia banda de Me Shell, compañeros todos de viaje -. Se que no soy el único esperando ya la publicación de un álbum de este delicado conmovedor artista, que en enero publicó un single (interpretado en Koko esa noche): Wendy.
La protagonista de la noche, en lo que además era última parada de su gira, nos arropó y meció con gran parte del material de No More Water, ninguna concesión al pasado, y gran música, a pesar de que su timidez la dejé sentada en la silla durante gran parte del show. Oh yes, ¡qué gran idea venir a verte!
Y como digo, Londres estaba de festival, y ya que no pude conseguir entradas a un horario apropiado para Tim Berne – ya saben, el transporte en esta capital te corta las alas, sobre todo para ir de norte a sur -, pues acudí a la bella Union Chapel, a primera hora de la noche, para una revelación (personal), sobre todo en directo. Tremendos Dawn Richard & Spencer Zahn, de una intimidad trágica y desnuda – en los textos de la propia Dawn -, explorando el amor, el racismo, la fragilidad. Con dos discos, Pigments y Quiet in a world full of noise, la cantante ha encontrado otra voz dentro de sí misma (no se pierdan su lado gamberro, desatado, irreverente) y se ha dado el permiso – con los arreglos exquisitos de Spencer – de contar historias tan profundas que arranca lágrimas al público, como sigue haciendo consigo misma. No me extrañaría que les tengamos en España en el 2025. ¿Y que decir de la Pamela enorme con la que se presentó en la capilla?
Finalmente, como suele decirse, el último pero no menos importante concierto de mi otoño musical fue en Madrid, en otra localización inaudita: la mítica sala de teatro infantil San Pol. Para algo bien lejano de la ligereza y fantasía multicolor.. ¿O fue una broma privada con el autor de “Palhaço”?
Me refiero a la (adorada, por mi parte) visita de Egberto Gismonti: otro joven rebelde con 77 años. Semiretirado del mundo discográfico – podrá volver en cualquier momento y vender como rosquillas – se nos presentó en dúo de guitarras y piano. En todos los sentidos fue un concierto de cámara, de mucha exigencia para seguir las filigranas de cuerdas, muy medidas, que a Gismonti gusta hacer. Pero muy emocional al piano… Fue un concierto breve, tal vez por exigencias de la edad y las giras, pero no defraudó. En mi caso, un broche delicioso para esta intensa temporada jazzera capitalina.
Próxima parada: Irreversible Entenglements (21 enero, 2025).
