Dice la tradición – anglosajona, estadounidense – que la temporada de premios (Awards Season) cinematográficos va de los meses de noviembre a febrero. Una locura narcisista, egocéntrica, mercantil, capitalista que nos ha llegado también a las orillas europeas ibéricas. Se suceden las convocatorias, nominaciones, candidaturas, galas, eventos, con un tráfico enloquecedor de favores, presiones, y un alejamiento pavoroso de lo que el público, experto o no, conoce, aprecia o se interesa. ¿No deberíamos revisarnos un poco esta bacanal absurda, queridos colegas cineastas?
“¡Ya están aquí!”, decía la niña de Poltergesit ante una pantalla de televisor sin emisiones, anunciando la llegada inminente de los espíritus malignos. Y cada año, cada vez más temprano – las primeras listas empiezan a hacer estiramientos en septiembre -, antes incluso de su estreno o difusión en plataformas, los ánimos de posesión para que votes, nomines, elijas, abren la temporada absurda de galardones. Apenas te salvas de esta debacle en verano – tradicionalmente mala época para festivales y cine -, y lo que debería ser un ejercicio sano de puesta al día de todas aquellas producciones de la temporada, en cine y televisión, que deberían ser consideradas e incluso reconocidas, se transforma en un ventilador de ruido, egos, obsesión y recaudación emocional para adhesiones o exclusiones. Ya no basta con ser nominados, ahora ya se anuncian los “candidatos”, para confundir aún más a esa mayoría de personas que no son de “la industria”. Ideas como los Premios Feroz, nacidos para dar un aire más independiente a esas seleccionas, siguen creciendo en categorías, y ya han sido arrastrados por la presión… La misma idea de tener “ganadores” es un fiasco: y los resultados se han ido alejando de los criterios artísticos, independientes o consensuados. Me pregunto: ¿se han autodestruido los premios y festivales españoles?

Me van a permitir una afirmación: competir es la antítesis del cine. Sobre todo porque, más allá de su expresión artística, es una actividad industrial, atada por unas reglas cada vez más feroces, ya sea en salas de cine o en plataformas digitales. No hay competición si no hay juego limpio. El cine necesita vender muchos cachitos de su pastel, y ante la pérdida de apetito de los comensales, y sus carteras menguantes, los tortazos y puñaladas han llegado a su cenit humano. No todo es así, aún quedan creadores y empresarios decentes, pero la ansiedad y la incertidumbre del nuevo siglo, junto a la resaca post-covid, han disparado la depredación. Las alianzas, colaboraciones, pactos, están llevando a jurados, programadores, instituciones, a un nivel de ruptura total con el colectivo, que asiste entre escandalizado y estupefacto a un espectáculo privado de genuflexión, onanismo, autocelebración y elitismo que poco les interesa ya (más allá del incansable efecto alfombra roja, más basado en el cotillo y la curiosidad por las celebridades, que por el arte en sí mismo).
No hace falta dar ejemplos: en esta misma semana se ha celebrado una de las peores rondas de Premios Forqué que recordaba. Es cierto que la cosecha no era para tirar cohetes, pero la decencia de seguir apelando a un creador independiente y rebelde como fue Jose María Forqué nos debería presionar a los productores miembros de EGEDA – entidad detrás del tenderete – a ser más responsables – para empezar: se debería respetar la idea original, que era premiar a un productor y a un director -. Se podría decir que es una convocatoria democrática, a la que todo productor y película puede presentarse, y aspirar a ser nominado primero y después galardonado. ¿En igualdad de condiciones? Ni lo sueñes… Aunque puedas dedicarle tiempo, como sinceramente hago, en visionar el mayor número de largometrajes y series, el asunto es inabarcable, favoreciendo a quienes cuentan con maquinaria de promoción, presión a medios, y reclamación de favores concedidos. ¿O piensan ustedes que los largometrajes galardonados en ficción y documental en este año 2024 son merecedores de estos honores? Pues (yo pienso) que no… Por ejemplo: en la plataforma (privada, para socios) de visionados no estaba “La habitación de al lado”, de Pedro Almodóvar – que sigue teniendo una relación difícil con Egeda y la Academia de Cine -. A todas luces, estos premios, los Goya, los Feroz, y la mayor parte de los festivales, han dado la espalda a la igualdad de oportunidades, y la imprescindible independencia frente a la máquina de productoras, amigas plataformas, y superamigas televisiones, redondeado con el cada vez más enredado criterio de subvenciones públicas.
¿Me quejo de mi feria? Realmente, no. Porque NO tenía este año producto o creación alguna sobre la que reclamar atención (y honores) en estos frentes. Pero algunos venimos debatiendo sobre esto, incluso sobre la necesidad de organizar una desbandada de festivales y alfombras rojas. No hay tonto que se resista a los premios, y generan un dilema enorme, pero el estatus de corrupción y manoseo actual merecen alguna acción conjunta, que vaya más allá de la molestia o el cabreo de una cabra solitaria (el que suscribe).
Me digo, en clave de mantra: aléjate de los premios y los festivales, por lo que más quieras… Pero, claro, ¿se puede sobrevivir sin ellos?