Cada mañana, incluso antes de que me despierte, está ahí. A veces bien escondido, y necesito hacer un par de giros para confirmar que no ha desparecido. Pero ya con las primeras luces, en esta maravillosa época del año en que los días son tan largos y madrugadores, me he cansado de dar vueltas y me levanto. Con precaución, un poco de miedo, la pierna derecha se posa en el suelo y en seguida la noto débil, con un ligero temblor. Seguimos igual, tal vez sin un dolor agudo, pero basta dar dos pasos para que instintivamente comience a cojear. Llevo así cuatro meses, acostándome con el dolor, y levantándome con él.
Lo que comenzó con unas molestias tras una salida muy intensa con la bici, se fue complicando; y aunque por otra caída (voy de oca en oca) me hicieron unas radiografías, no hay nada roto, parece que tengo todos los boletos para una lesión seria de menisco y ligamentos… Lo mejor: esta misma semana tendré un diagnóstico. Tras semanas de espera, ya que la cita con el traumatólogo, resonancia previa incluida, se asignó a principios de abril. Dentro de lo malo, parece que una parte de esta etapa de dolores queda atrás.
Me decido a compartir estos detalles porque, inevitablemente, he dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre el dolor. Desde las meditaciones de cada mañana a mis escritos privados, mis lecturas, buscando alivio, inspiración, determinación, serenidad. Animado por un maravilloso libro que cayó en mis manos (El Arte de la Felicidad, del Dalai Lama y Howard Cutler), he buscado tolerancia y paciencia, para alimentar la compasión más allá de lo que me pasa, y aplicando uno de los axiomas del budismo, relativizar todo. Sentado en mis privilegios (hombre blanco, europeo, autoempleado, creador) no necesito mucho para dar gracias y minimizar lo que me sucede. Es más, escarbando en mi conciencia, puedo conectar con la compasión contemplando lo relativo que es mi dolor físico y psíquico, frente al de muchos otros seres de mi mundo presente.
La sensibilidad, claro, y la empatía, son algo adquirido. El sufrimiento, algo tan profundo y vital, puede ser contemplado, ignorado, incluso minimizado. Puede ser motivo de vergüenza, y nos lleva a esconderlo para no sufrir la burla de quien no comparte el dolor. Relativizando lo que me pasa, me he ido inmediatamente a Gaza, al horror salvaje de lo que está sucediendo, donde los muertos, los lisiados y los hambrientos se acumulan ante la mirada lánguida de las potencias mundiales; su dolor ignorado ha permitido el espectáculo indecente de que Israel, condenada por sus atrocidades genocidas en lo que ya hemos reconocido como Palestina, paseara su bandera por un festival televisivo nacido por la Paz de Europa; algo parecido a los que nos sucede con Ucrania, inexistente en la compasión internacional, decididos como estamos – los Estados – a empujar la víctima bajo la bota del agresor, ratificando la invasión y la explotación alegre de sus recursos minerales. ¿No les duele?
Me duele, me duele mucho ver lo que está sucediendo con las víctimas de la tragedia en Valencia; me duele ver el tráfico de números y mentiras sobre otras víctimas, que son las que se juegan todo por navegar en la Ruta Canaria por un atisbo de esperanza vital; me duele ver el desprecio del nacionalismo corporativo que los gobiernos conservadores de (precisamente) Canarias están escupiendo sobre sus ciudadanos, ante el grito desesperado de unas gentes que piden parar antes de que sea tarde, y ya no quede ni una playa sana ni una montaña en pie, solamente familias enterradas bajo la pobreza de una tierra exhausta de avaricia miope. Por supuesto que Canarias tiene un límite: se ha sobrepasado y toca reconstruir.
Me duele pensar que no haya vuelta atrás en la destrucción de nuestro planeta verde, la mayoría de sus especies vivas, el tesoro de los océanos y sus costas; me duele pensar que la riqueza de la cultura, el pensamiento, incluso la política, haya vuelto más ignorantes y perezosos a unos pocos, muy ruidosos, empeñados en desanimar a la mayoría para que el 1% de la sociedad nos explote y domine a todos.
Juntos, la mayoría decente y buena de este mundo, podremos sin duda manejar la confusión, la desesperanza, la dificultad, parando los pies a los opresores, expertos en disfrazarse de salvadores.
Hemos inventado todo tipo de analgésicos para lo que me sucede en la rodilla, no exentos algunos de peligros adictivos; y tal vez por eso seguimos buscando una píldora definitiva que nos alivie también de todos esos dolores que me visitan, para empequeñecerme y así dar gracias por la oportunidad de aprender y crecer en humanidad. Se nos olvida, quizás, que llevamos en nuestro sistema cognitivo la capacidad de sentir, compadecer y actuar contra esos dolores mundiales, urgentes, terribles, terminales. Basta con estar informados, permanecer juntos y levantarnos firmes contra los mismos opresores de siempre. Unidos, siempre, duele menos.
Pepe Mujica, in memoriam.