El canto hondo de Salif

Han pasado dos semanas desde el concierto de Salif Keita en Madrid, el 8 de junio, y he sentido todo el tiempo que no debía olvidarme de poner por escrito algunas sensaciones, sobre todo emociones, de lo que viví esa noche.

Nunca había visto en directo, en cualquier formato, a este prodigioso artista africano, paladín del asalto global de lo que se llamó torpemente “world music”, y traducimos aún peor en España como “músicas del mundo”. ¿Acaso no son todas las músicas del mundo? Ha habido quien, descarado, las ha llamado músicas étnicas. ¿Acaso no son todas las músicas étnicas? Supongo que la broma de mal gusto terminó cuando el flamenco empezó a incluirse en esas secciones de las tiendas de discos de gran formato. ¿Llamar world music al flamenco? El caso es que este mago de Mali pudo beneficiarse de su estrellato para experimentar, colaborar, aunar, artistas y producciones, estilos y sonidos, generando un puñado de grabaciones en las que uno podría encontrarse desde Grace Jones a Josef Zawinul, en aquellos años noventa en los que un disco sin colaboraciones era poco menos que una maqueta… De esa alquimia salieron algunas glorias (Amen, 1991) y otras menos (Papa, 1999). Pero en este año 2025, en el que Keita cumplirá 76 años, todo ha vuelto a sus orígenes, a la escritura sencilla y su voz torrencial que no ha perdido un ápice. En cierto modo, como volar a los años de Les Ambassadeurs Internationaux.

Tampoco había estado antes en el reformado Teatro (Hotel) Albéniz, glorioso lugar donde acudía a ver sesiones del desaparecido festival Imagfic, y años más tarde – al frente de la revista Mutis – pude ver montajes inolvidables del Festival de Otoño, como Memorias de Adriano, Robert Lepage, o mi adorada Maguy Marin. Mucha cultura en esas paredes que han recuperado con una similitud fantasmagórica (y unas butacas mucho más cómodas). Por circunstancias del mundo actual, Keita competía contra dos grandes eventos deportivos: la final de Alcaraz en Roland Garros (que tuve que dejar sin acabar, porque la estaba viendo, obviamente), y la final de la Selección Española de fútbol en el torneo de las Naciones. Con mucho dolor de mis placeres de voyeur deportivo, nada puede competir contra un concierto de música, menos aún tratándose de (quizás) la última oportunidad para ver a Salif. Hice bien: estuvimos casi en intimidad (me decían los que comparten cotilleos de la industria de conciertos que se habían regalado entradas a mansalva para rellenar y compensar el fracaso de ventas). Recibimos pura belleza y entrega, desde el alma de este gentilhombre maliense.

Siempre he pensado que escribir sobre música y describir lo que produce son artes complicadas. Uno tendría que rebobinarse (algún día tendremos esa capacidad, según los malévolos designios de la serie Black Mirror), detenerse paso a paso, canción a canción, para destilar lo que nos movió, en esa conmoción directa espiritual que se desencadena cuando la música es pura y honesta. Keita podría salir al escenario, solo, acompañado de su guitarra, hablarnos y contarnos durante una hora y media sin nada más que su voz y sus cuerdas, en ese idioma imposible de entender (a no ser que lo hables, claro, una posibilidad bien remota en mi parte del mundo), y nos seguiría golpeando como si fuera la misma reencarnación de Camarón (a quién a veces también era difícil entender, amigo). Una digresión más: jamás sonó más puro y hermoso Joao Gilberto que acompañado solamente de su violao (guitarra). Pero Salif vino en cuarteto, que siempre alivia los minutos de actuación cuando peinas ocho décadas, y eso trajo algún malabarismo pesadote del inevitable virtuosismo de percusión, así como del resto de cuerdas mixtas (occidentales y africanas) acompañantes. Un ritual de solos que suele gustar al respetable y aburre cuando acumulas muchos momentos similares en centenares de conciertos (eso, y los juegos didácticos de palmas al ritmo). Daba igual: bastaban unos segundos del gran maestro juglar para que el pecho se te encogiera una vez más, recordando la traducción de algunas de sus letras, ignorando el significado de otras, pero sintiendo muy adentro el cante (tal y como mandan los cánones del flamenco, y del blues, tres músicas que se hermanaban invisiblemente en escena, sin intención alguna, pero con mucha verdad ancestral, en la garganta de Keita.

La noche arrancó con Yamore, que fue como empezar con un bis en versión acústica, fuimos navegando por algunos de sus grandes éxitos, y el repertorio de So Kono, su último longplay (que se decía antes, perdón, soy de la Generación X), con maravillas simples como Tu vas me manquer: puro cante jondo blues africano. Imposible no mandarle esa canción a tu amor, cuando te va a faltar unos días…

Gracias Salif por cantar desde el alma: al final va a existir Dios y nos manda ángeles como tú (de vez en cuando).

Publicado por Miguel Angel Rolland

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