Charles Lloyd, a media luz

Desde un tiempo a esta parte, acelerados por la cadena de fallecimientos generacionales, el universo vivo del jazz -aficionados y músicos- andan buscando, aupando, nombrando el podio de quién debería de ser la mayor leyenda viva del jazz. Las listas de expertos y críticos suelen errar, a pesar de su acceso e información. Tal vez por eso mismo, presionados por el aliento del mercado que podría quitarles sus privilegios raquíticos -miserables, ahora que ya no se envían casi discos físicos de promoción, queda la ristra de invitaciones a conciertos y festivales-. En realidad, desde la devoción, admiración, y el disfrute inteligente, el jazz que importa es el que sucede en directo. La criba es salvaje, y entre la pavorosa abundancia quedan pocas pepitas de oro. Es el caso del bueno de Charles. Diamante entre los diamantes

Si el jazz es algo sin duda es libertad. Público y expertos perderán luego el tiempo decidiendo y marcando lo que merece ser llamado así: jazz. O sea, mierda, que es el origen etimológico del término. Cuando me dedicaba profesionalmente a escribir sobre jazz, salía corriendo de cualquier conversación que empezara definiendo o delimitando lo que es jazz. Si necesitas explicar lo que es el amor, es que no has estado enamorado nunca. Este venerable rebelde, Charles Lloyd, no se deja domar, aunque le llame Blue Note -ahora convertido en una farsa discográfica de lo que fue-. Es el más íntimo, delicado, y espiritual, sin rubor para sacar los dientes de la improvisación más abierta: cuando procede. Cada proyecto, cada año, cada gira, es un sincero reflejo de sí mismo, su devoción humanista, volando una y otra vez en el aire, para contarnos que ese instante pasajero, el concierto de jazz, es la belleza que nos importa. Eso y verle sonriendo, gritando a sus músicos, sottovoce, el mejor abrazo posible: “Play it!”. Tócala. Así sea por muchos años.

Publicado por Miguel Angel Rolland

http://about.me/miguelangelrolland