Este sábado noche hemos tenido por Madrid a uno de los djs más importantes del mundo. Tal vez uno de los cinco o tres más relevantes. Se le conoce por Antal, su nombre verdadero, y a pesar de la hora infame para mi edad (una sesión de dos a cuatro de la mañana, en un club que me hace rechinar los dientes, ahora bautizado como Sala Villanos) hice fuerza de voluntad para encontrarnos.

Sucede que se cumplen 20 años que Antal y yo nos conocemos, porque es el aniversario de la primera vez que le traje a Madrid, junto a Kees The Funkaholic – su socio en la maravillosa aventura que fue el sello holandés Kindred Spirits – en una mítica noche en la sala Kathmandú (que iba a ser la variante club nocturno de su set como cabezas de cartel en la segunda edición del Festival Cultura Urbana; un show que no existió por un problema con sus vuelos). Hemos mantenido el contacto, el cariño y buscado el encuentro cuando coincidimos (desde entonces ha pasado por la capital en varios registros, como Mondo o el festival Paraíso). Sea el contexto que sea, es uno de los más altos embajadores de una comunidad musical que en cierto modo crecimos bajo la sombra de Gilles Peterson y el movimiento de future jazz de los años noventa – del siglo XX -. Hace decenas de shows al año, se ocupa además de una tienda en Amsterdam y sello discográfico, bajo el mismo nombre: Rush Hour. Por si fuera poco, desde hace años entrena un equipo de fútbol femenino local. La última vez que nos vimos le saqué de tapas por Madrid pero esta ocasión solamente pudimos vernos unos minutos antes de su actuación. Sigue tan amable, cercano e incansable como siempre.

Una de las cosas que más respeto me genera en esta persona es que nunca le he oído decir mierda sobre nada o nadie. No nos engañemos: tiene una mirada crítica al mundo, su trabajo, los artistas y obviamente el fútbol (su otra gran pasión). En unos minutos, compartiendo una cerveza, intentamos contarnos la vida en formato exprés (con detalles personales que no revelaré). Pero me gustó mucho que él mismo subrayara este aniversario de amistad nuestro (muy loco, porque nos conocimos en 2004, durante una visita al festival IDFA cuando se hizo una gala especial de la película colectiva Madrid 11 M. Todos íbamos en ese tren; que habíamos producido y dirigido desde la extinta asociación del documental Docus Madrid). En un hueco libre de nuestra intensa agenda de representación, en uno de los mercados de documental más decisivos del mundo, me acerqué a la tienda de Rush Hour para conocer y entrevistar a Kees y Antal como fundadores de Kindred Spirits, un sello de jazz y electrónica que estaba revolucionando la escena. En aquella época contribuía como periodista musical en la maravillosa revista Serie B. Nos echamos unas buenas risas, salió una entrevista muy simpática, y desde entonces hasta ahora. He de decir que, en aquella época, era impensable que Antal llegara a convertirse en lo que es hoy: uno de los djs favoritos de todos los discjockeys del mundo, desde el jazz hasta el techno. Porque además es uno de los pocos que realmente puede moverse en todo ese espectro, con inteligencia, selección y técnica.

La sesión de la Villanos supo a poco. Antal me explicaba que cuando no conoce el garito pide hacer una sesión corta, en vez de (mi favorita) toda la noche. Esto supuso que, previamente, la dj Sama Yax elevara las pulsaciones a nivel house, mientras llegaba el público (que no pasó de un centenar en el momento álgido de la noche). Esta situaciones me encantan para charlar cosejas del trabajo de alguien como Antal. “Cuando la música ya está a esa velocidad me lo pone difícil”, me comentaba en los minutos previos , “porque luego me cuesta mucho bajar de ritmo”. Un desafío que es un regalito para sus seguidores, ya que la versión house-techno de Antal es un tesoro de calor, inteligencia y selección. Algo que se ha forjado desde su sello, en tres décadas de eclecticismo radical. Le pregunto como amigo sino se agota en fines de semana como este: viernes en Holanda, sábado en Madrid, domingo en Atenas. Con mucha guasa de lo explica: “lo que hago es dormir todo el tiempo, en el avión, en el hotel, donde pueda”. Al hilo de esto le pregunto sobre Ibiza, a donde acude anualmente a una sesión en Circo Loco (del DC-10). Lo tiene claro: “me encanta, es una puta locura”.
Le llega el momento de incorporarse y nos citamos al fin de set, al filo de las cuatro de la mañana, para tomarnos la última cerveza. En cuanto que empiece su música, me olvidaré de mis achaques y me lo bailaré todo. Eso sí, tengo mucha curiosidad por ver lo que llamo el test de las tres primeras canciones. Todos mis héroes de cabina superan esos tres temas con una especie de fotografía de cómo será la noche. Teniendo en cuenta que andábamos por encima de los 120 BPM, me pica aún más la curiosidad. Os las dejo más abajo.
Deciros que el set fue una delicia de ritmos, alegría y registros. La audiencia era una mezcla extraña de extranjeros locales y visitantes, así como una inusitada presencia de cayetanos con camisa fina y jersey anudado al cuello, que exhibían poder pidiendo copas en grupo. El resto, los frikis enteraos que mantienen viva la escena (con perdón). Cuando se lo expliqué me replicó: “por eso cada vez tienen más sentido ir a Tokio”. Por mi parte, le dije cuando acabó: “gracias por cultivar y engrandecer nuestra comunidad, nuestra cultura”. Pase lo que pase, mientras él pueda, tendremos a nuestro querido Antal.
Las tres primeras: