Hay nombres que parecen llevar carga: véase el mío propio. Destinado, tal vez, a comunicar, aunque me haya apartado de Dios. Me salí de una cadena de josés y josefas, abuelos y padres. Me salvé de una cierta condena. Otros nombres parecen cobrar valor con los años. Es el caso de este david con apellido Attenborough, hecho Sir por honor de la monarquía británica. En mayo cumplió 100 años y lleva décadas contándonos la maravilla natural de este pequeño planeta azul que habitamos. En los últimos años, ha elevado el tono, desesperado, incluso aterrorizado por el desastre medioambiental inminente. Se ha atrevido a tocar el tabú: la única solución directa inmediata contra el cambio climático es comer plantas y derivados. Tal cual. Sigan conduciendo coches y sean herbívoros. ¿Se puede ser más radical?
Su último documental, Océano, suyo porque ha escrito y pactado hasta la última palabra de su narración. Modesto, porque su escritura no figura en créditos. Empieza suave y feliz: atraviesa una narración trágica y espeluznante. La sobrepesca de arrastre lo está matando todo. Incluida la muy discutible pesca tradicional. Como antiespecista que soy no quiero ni caza ni pesca. Cero absoluto. Pero entiendo y admito un camino negociable. Entusiasmado, en los últimos minutos del film, nos transmite que hay salvación. Comprobada. Si reservamos una tercera parte del océano mundial como santuario y zona libre de pesca, los mares volverán a la vida. Da ejemplos como las Channel Islands, o Papahānaumokuākea, la zona más grande del mundo protegida contra la pesca en Hawai, y cómo su recuperación se ha extendido millas más allá de sus límites. Sí, pero, ¿para volver a pescar otra vez? No cuenten conmigo. Dejemos en paz y libre albedrío a todas las especies marinas, aéreas, de tierra. Bajemos la cabeza con humildad y respeto ante tamaño milagro de vida y riqueza en el planeta. Concentremos talento, esfuerzo y valores al cultivo agrícola. Salvaremos océanos y una especie, humana, más bien suicida y tóxica. Si no nos bombardean antes. Este david centenario se encara y arroja la piedra contra la estupidez humana, el mayor gigante que exista. Es un buen hombre, podría ser un pastor como el rey israelí de su nombre. No verá hecho realidad su sueño.