Tres grandes directores, que son Francis Ford Coppola, Jacques Tati y Robert Frank, coinciden durante una semana, accidentalmente, en mi sala de cinesofá, para mandarme un mensaje: hay que pasarlo bien (haciendo cine). El disfrute, el juego por encima de todo. Algo en lo que insistía mucho David Lynch, del que circulan vídeos por redes sociales enfadándose por meter prisas al rodaje, por no tener tiempo para soñar. Empecé con Megadoc (Filmin), el desastroso documental de Mike Figgis (otro entusiasta juguetón) que, a pesar del caos cinematográfico y la impericia, acaba inspirando porque nos muestra todo lo que no se nos contó sobre Megalópolis. Ante todo, la libertad y el arrojo del maestro para darse el gustazo de fundirse su fortuna haciendo una película soñada (contra todo y contra todos). La dificultad, incluso desde la independencia, para no ser arrollado por la maquinaria demente de personas, logística, contratos, que requiere el cine actual. Y lo que es peor: mantener la inspiración y la cordura para cada toma, cuando a veces repetirla supone parar tres horas. En un momento impagable de Coppola echando un pulso dialéctico al intratable Shia LaBeouf, le pregunta una y otra vez “¿por qué hago cine?”. Tras varias respuestas erróneas del actor, el maestro resume la cuestión: “para pasármelo bien”. A lo que añade: “si no me lo paso bien, nada de esto tiene sentido”. Porque no basta con ser un visionario, y jugársela una y otra vez, lo que alimenta la excelencia, la maestría, el don creativo de los dioses, es poder jugar, como hacíamos una vez con los muñecos en el suelo de nuestro dormitorio infantil. En lo financiero, un apunte muy rápido: Los asesinos de la luna (de Scorsese) costó 200 millones y jamás se recuperaron, pero sirvieron de medalla para Apple TV. Si Coppola hubiera producido su – a todas luces – última película para alguna de las grandes plataformas, o aceptado las propuestas de distribución, no se hablaría tanto de su megalomanía o fracaso estrepitoso. Lo que Hollywood no le perdonó fue su empecinada independencia, hasta las últimas consecuencias.
Algo similar le pasó a Tati con su maravillosa Playtime (1967), culminación de su narrativa visual, humor sutil y arte total. El genio francés, venerado por la nouvelle vague, construyó su propia ciudad (o más bien un barrio) y se gastó una fortuna (propia) en crear libre y pasárselo bien. En términos actuales (actualizados) se gastó unos 25 millones de euros, fracasó en taquilla, y con el tiempo se convirtió en una obra maestra de culto. Como todo su cine, respira inteligencia, sonrisas imborrables y lecciones de narrativa sin fin. La anhelada diversión se siente, dentro y fuera de la pantalla.
Aprovechando la impagable exposición íntegra (Fundación Telefónica, Madrid) de las fotos de Robert Frank para The Americans, nos pusimos a bucear en su obra y carrera con La mirada de América, el maravilloso documental de Laura Israel (Robert Frank. Don’t blink; coproducido en 2015 con el canal francoalemán Arte). De nuevo, el éxito y la libertad permitieron que este suizo emigrado se dedicara a crear cine libre, insurrecto y radical. Para jugar, para experimentar, para sacar las historias e intereses que llevaba dentro. Fue así incluso después de ser golpeado con la muerte trágica de sus hijos, en momentos y causas bien diferentes.
Conclusión: hagas lo que hagas, no dejes de jugar. Nos va la vida en ello.