Misterio con K

A riesgo de parecer dogmático, creo que el cine del siglo XXI ha dejado de cultivar el misterio. Hay mucho encantador de serpientes, abundan los flautistas de Hamelin. No hace falta dar nombres: destacan por sí mismos. Se ha depurado el arte de parecer sin hacer, simular sin crear, esquivar sin mostrar, aparentar sin ser. Ha vencido el entretenimiento: el morbo. Abundan las historias sensacionalistas, llenas del ruido y furia shakeaperianos, los crímenes serializados, el shock, el golpe emocional, que todo sumado es olvido. El matiz, la caricia intelectual, la sugestión, no sirven. Es la era de la impaciencia y la ansiedad: la agonía del eros que dice Chul-Han. Hay que ser empecinado, escarbar, regresar a nuestra memoria cinéfila para volver a sentir el misterio, la fascinación, la emoción duradera. Ahora que nos olvidamos de todo hace falta ser metódico, esquivar las recomendaciones del algoritmo: el único que me sigue sorprendiendo es YouTube, mi caja de pandora favorita. Después, por accidente, una noche vuelves a ver algo, para compartir: somos afortunados de tener un minicine en casa. No lo digo por presumir: es mi incapacidad de ver películas en pantalla. Propones con miedo, exponiendo un héroe privado, un referente que ha dejado de nombrarse, celebrarse, elevarse por los creadores de tendencia, el constante murmullo. Así llegamos anoche a Kieslowski.

Vimos La doble vida de Verónica, aunque no en su mejor calidad técnica. Es la mañana después y aún me visitan sus imágenes, su delicado misterio, su belleza, su templanza. Es un arte total, desde la dirección de arte aplicada a la fotografía de personajes – con colores proyectados sobre los objetos, distorsiones oníricas -, hasta la sobrecogedora música de Preisner – el tema de Weronika dura apenas cuarenta segundos, la partitura completa del film 30 minutos -, con una narrativa de silencios y cinematografía dignas de Ozu. Inevitable ver un guiño hitchcockiano en la eliminación de la protagonista en el segundo rollo (en el minuto 30), pero Kiewslowski fue y seguirá siendo un creador original en su cine. Existencialismo, metafísica, religión, está todo. Nuestras vidas como muñecos en la vida del creador, nuestros cruces como un juego de coincidencias, la ausencia de Dios y el dominio del azar. Siempre, a pesar de todo, la esperanza del amor. Preguntas sin responder, que serían inaceptables en los despachos de inversores que ahora deciden el negocio del cine (como se mofa Moretti en su última película). Nadie produciría Dekalog. Qué pena.