Fernando y el último caballo

Este año 2021 vivirá, en la medida de lo posible, el centenario del nacimiento de uno de los mayores genios que ha tenido el cine y la literatura de España: Fernando Fernán Gómez. Autor de una de las mejores crónicas del cine español, en forma de autobiografía con El tiempo amarillo, y de un puñado de magistrales películas escritas, dirigidas e interpretadas por él mismo (El mundo sigue, El viaje a ninguna parte), fue también protagonista de una de las escasas historias cinematográficas que se han hecho en nuestro cine con un mensaje de empatía hacia los animales. La película de Edgar Neville titulada El último caballo, ahora puede verse con facilidad (por fin) en la plataforma Flix Olé, y aunque se presente en algunos canales como un alegato animalista, es más bien otra cosa.

Cuando El último caballo se estrenó en el año 1950, la recién inaugurada década en la España franquista no era, en absoluto, una sociedad recuperada del doble trauma de la Guerra Civil y la represión de la dictadura creada por el general golpista Francisco Franco. Intentar hacer una comedia de mensaje, al estilo de lo que realizaba Frank Capra en Estados Unidos, era hilar muy fino. Solamente alguien como Edgar Neville, que además había estado en Hollywood y pudo codearse con Charles Chaplin, podía permitirse mezclar aires modernos, costumbrismo, comedia romántica y crítica social ¡con el beneplácito de la férrea censura del Régimen! No es casualidad que aún hoy Neville siga siendo considerado uno de los directores más modernos de comedia realista de aquella época, capaz de innovar técnicamente, hacer sonréir a todos los públicos, y esquivar con buena cintura el camino fácil del sainete colaboracionista. Y uno de sus mejores ejemplos es precisamente El último caballo.

La comedia protagonizada por Fernando Fernán Gómez, que siempre me ha parecido nuestro equivalente a James Stewart, cuenta la historia de un recluta que al final de su servicio militar en un regimiento de Caballería se entera de que los caballos – incluido el suyo – que les han acompañado durante su preparación militar, se han vendido a un empresario de corridas de toros porque la división castrense se moderniza, y dejará de utilizar animales. Estos caballos es muy probable que acaben muriendo en la plaza, montados por los picadores de toros, así que el protagonista decide gastar sus ahorros en salvar a Bucéfalo, su caballo, de una muerte segura… ¡llevándoselo con él a Madrid!

A Neville le gustaban los toros, y era amigo de Manolete. Sin embargo, El último caballo explica perfectamente, por activa y pasiva, el horror que vivían los caballos de picadores, que caían como moscas en cada tarde de toros. La película no entra jamás – por desgracia – a valorar este pseudo arte salvaje, y lo que nos cuenta es cómo cambia la percepción de algo tan aceptado cuando tienes ya un vínculo emocional y personal con el animal. Lo mismo sucede con el dilema al que se enfrenta el protagonista, cuando tiene que decidir entre su prometida y su caballo, o cuando lo acaba revendiendo a un borrachín que se dedica a hacer paseos en cochera por el Madrid pintoresco. Jamás se lanzan discursos en favor de los caballos o los animales, sin embargo hay otro mensaje que aterriza explícitamente hacia el final de la historia, cuando el protagonista ha entendido que ni quiere a su prometida, ni quiere el trabajo de su oficina, y que ya no consigue integrarse en la ciudad a la que ha vuelto tras la mili. Y eso es porque echa de menos la vida lenta, sin coches ni máquinas, la sencillez casi frugal del mundo de otras épocas. Lo que también se da de bruces con el espíritu de Neville, que era un sibarita urbano sin complejos.

Bucéfalo pasa su primera noche en Madrid en el patio de la pensión.

¿Y cómo va a vivir con él en la gran ciudad? ¿Dónde lo dejará mientras trabaja en la oficina que le ha conservado el puesto? ¿Qué dirá su devota prometida que ha esperado pacientemente su regreso de la mili? ¿Y cómo se tomará ellá y su futura suegra que se ha gastado los ahorros de la boda en salvar al caballito? Se entiende al instante que la premisa de comedia promete, y al final entrega un montón de peripecias amables, nutridas por la curiosidad de saber cómo acabará su aventura esta antihéroe de buen corazón… De paso, con mucho guante blanco, se nos retrata el Madrid de la época, con las pensiones, los jefes opresores, los compañeros chivatos, el matrimonio como escalera social, y de manera menos protagonista nuestra mirada y relación con los caballos, en una sociedad que (supuestamente) moderna, dejaba atrás a estos animales como herramienta de trabajo, transporte, y bien de riqueza. 

El último caballo es una comedia amable, con algunos momentos más que simpáticos, hecha con la enorme capacidad de cine comercial y popular que tenía Edgar Neville, y fue un éxito moderado en su momento de estreno. Con el paso de los años se ha recordado a menudo – quizás por el beneficio de la distancia – por su trasfondo en favor de la protección del caballo, o de los caballos, pero se ha olvidado que el fin último al que se dedica Bucéfalo es lo que se denomina “tracción a sangre”. Es decir, el uso cruel, doloroso y al final mortal, de los caballos como “motores animales” para el transporte de personas o mercancías. Ese mundo nostálgico que anhela el protagonista no es para nada la salvación de su querido caballo, y han tenido que pasar muchos años, muchos estudios y muchas denuncias para comprender que los caballos sólo pueden realizar estos duros esfuerzos con un límite de horas, y sin ser desollados a golpes para que adquieran velocidad o sobreesfuerzo. Es más, ¡ni deberían de ser usados para nada más allá que estar en libertad!

Así que, por mucho que se haya presentado este cuentecito tierno como un alegato animalista, no lo es ni en lo general ni en lo particular. Queda, quizás, la excepción del momento en el que se explica – tal vez inconscientemente – el horror de los caballos de picadores – que en aquella época apenas llevaban protección, como es muestra en un instante del film -. Curiosamente, se hicieron dos versiones del cartel promocional: una, en la que se hace hincapié en la atroz muerte de los caballos en los toros, y otra más estándar que subrayaba la tierna relación entre el protagonista y el animal. Pero que Bucéfalo sea salvado de los toros para acabar como caballo de tracción a sangre, nos deja tristes y nos confirma una vez más el escaso amor y entendimiento que hemos tenido en España hacia la realidad, dolor y crueldad que han sufrido y siguen sufriendo los caballos, ya sea en su explotación rural como en las variantes de dolor y muerte que siguen siendo sus “trabajos” urbanos. 

Publicado por Miguel Angel Rolland

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